Deseen salud


Ahora sí. Aunque hace ya tiempo que nos acompañan las bombillitas y el soniquete de villancicos, los anuncios de juguetes y los turrones en las estanterías, para mí las fiestas navideñas empezaron ayer. Cosas de los que estudiamos la EGB y andábamos como locos esperando esa mañana en la que no nos despertase el ringggg estridente del odiado despertador -por entonces no hacían pí, pí, pí, ni tenían musiquitas psicodélicas - sino el del televisor del que se escapaba, desde primera hora, la cantinela de los niños de San Ildefonso. Ese era el día. El primero sin cole de las vacaciones que nos llevarían hasta la ansiada noche de Reyes -Papá Noel no debía de saber que existíamos en esos tiempos- en la que no siempre llegaba lo que uno esperaba pero que disfrutábamos igualmente. Al fin solo quedaban dos días para hacerlo antes de retomar la rutina escolar. Pero volvamos al día de ayer. El día de la lotería, el de la gente gritando como loca en la tele mientras agitaba botellas de champán (o cava, o sidra, vaya usted a saber), era el día de montar el árbol y poner el belén; dos símbolos de ese pistoletazo de salida de la Navidad. Un día que también estaba acompañado de un afán desmedido de la gente por recordar que «lo importante es tener salud». Me hacía gracia que incluso cuando decían, a modo de despedida: «Bueno, pues salud para todos», tanto el que recibía el deseo como quien lo expresaba, lo hiciera con cara de resignación, casi como si se dieran el pésame. Hoy yo hago lo mismo, claro. Y seguro que muchos de los ourensanos que hoy se cruzan por la calle también. Es lo que tiene no salir en la tele descorchando botellas.

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