Hace ya mucho tiempo que dejó de llamarnos la atención ver a gente rebuscando entre los contenedores de la basura. La crisis, me refiero a la real y no de la que hablan los políticos ni la que se sustenta en baremos de macroeconomía, aprieta y lo que para muchos es un excedente para otros tantos es un regalo casi caído del cielo. A eso andaba el pasado domingo un vecino anónimo de Covadonga. Él no tendrá medallas ni le pondrán estrellas en el pecho. Es un indigente que revolvía en la chatarra, pero ayudó a algo que la sociedad ourensana tardará mucho tiempo en olvidar: salvar la vida de un recién nacido. El primer grito de auxilio de José Manuel Camiña fue vital. Luego funcionó muy bien engrasada la maquinaría de un vecindario como el de O Vinteún. Asusta pensar que tan cerca de uno sucedan estas cosas. Que haya personas capaces de tirar la vida de alguien que acaba de dar sus primeros latidos a un contenedor. El bebé tuvo toda la suerte del mundo. Ahora podrá reiniciar de cero una nueva vida con unos padres de acogida. Visto lo visto, el futuro que le esperaba era de todo menos de color de rosa. Ojalá esta historia que nos estremeció a todos los ourensanos sirva para el futuro. Ojalá que quienes por un segundo tengan la atroz intención de tirar a un contenedor a un recién nacido se lo piensen dos veces. Ojalá que los servicios sociales detecten mejor a personas como Camiña, historias duras que nos demuestran que rebuscar entre la chatarra o ser indigente no es sinónimo de nada más que de haber escogido un camino equivocado en un momento dado. Su forma de actuar nos reconforta un poco a todos con el mundo.