El nombre


Eestoy segura de que cualquier ourensano que estos días esté planificando su viaje vacacional al extranjero se habrá preocupado de informarse sobre el clima que va a encontrar en el territorio a visitar para seleccionar la ropa del equipaje, habrá consultado las recomendaciones sobre vacunas e incluso revisado la página del Ministerio de Asuntos Exteriores para comprobar si su destino está desaconsejado, desde el punto de vista de la seguridad. Incluso habrá anotado en su móvil -y en un papelito que, previsor, coloca junto al pasaporte- el número de la embajada o el consulado español en ese destino, por si surgiera algún problema. Y, sin embargo, toda esa prevención no le servirá de nada si tiene la desgracia de tener un nombre común. Me refiero a algo como Julio, al que acompañen apellidos, igualmente comunes, como Rodríguez y González, por ejemplo. Porque tener un nombre tan poco singular supone que posiblemente en este mundo, en el que 500 millones de personas hablan español, haya cientos, quien sabe si miles, con su misma combinación identificativa. Y pobre de usted si le ocurre como le sucedió a un joven ourensano, y una de esas personas es un delincuente. En ese momento se encontrará luchando, completamente solo, contra la incomprensión y la burocracia. Estará solo porque de nada le servirán los años pagando impuestos con los que se sufragan las embajadas, porque tras sus teléfonos no va a encontrar más que desidia y pasotismo. Así que, hágame caso: antes de ponerse con lo de las vacunas o el tiempo, incluso antes de decidir a qué país va a viajar, si tiene un nombre común, inicie los trámites para cambiárselo.

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