El BAR y el dj sordo


Esa calle pequeña y oscura de la zona de los vinos donde unos escalones te llevan a la plaza del Corregidor siempre parece querer pasar desapercibida. Pero solo lo parece, no lo quiere en realidad. No lo consigue.

Allí mis tíos, un par de generaciones anteriores a la mía, decidieron montar un bar. Decidieron también bautizarlo, sin ceremonia ni botella de champán estampada contra la pared, como BAR. Fuera, un cartel en forma de chapa de botella para no dar a error. Escueto y evidente.

Hacían, a su manera, lo que se solía hacer en todos los bares escuchando de fondo a The Smiths, The Clash o incluso a The Dream Syndicate. La cerveza Keller se pedía por rondas de más de cuatro y en los días buenos ibas al Pipol, ese bareto de la puerta de al lado donde una señora entrañable surtió a décadas enteras de cigarrillos de la alegría.

El BAR tenía a mi tío y mi tía al frente. También a sus cuatro hermanas expertas en sacar a los pocos indeseables subidas a sus hombros como si de un rodeo yankee se tratase. Sin espuelas. Sin negociación. Dejando claro que lo del macho alfa no es cuestión de sexo sino de actitud.

Cada carnaval convertían el local en lo que se les pasase por la cabeza: en la taberna del western Wichita, en un club clandestino de los años 20, en un castillo medieval o en un Jerusalén salido de la cabeza de Peter Sellers tras un noche de LSD con Juan Padrón. Jesucristo y cruz incluídos.

Al fondo del pasillo que formaban la pared a la derecha y la barra a la izquierda, dentro de ésta, tenían la cabina del pinchadiscos colocada de tal manera que el acceso para la gente de confianza que solía poner discos fuese sencillo. El favorito de todos los djs era Julio.

Julio sufría sordera crónica, apenas era capaz de escuchar a sus amigos cuando le hablaban pero, no sé si por una cuestión de orgullo o por simple extravagancia, aprendió a pinchar. Ya fuera memorizando surcos y metrajes de las canciones en los vinilos, o consiguiendo interpretar cada vibración en la mesa que sostenía el giradiscos, creó sin esfuerzo aparente su propio método de disc-jockey. El pinchadiscos sordo que baila Golpes Bajos.

Algunas tardes y noches -o tardenoches, esas horas perfectas para salir- se acercaba gente de Vigo y Santiago preguntando por ese tipo sordo que ponía música en el BAR. Alguna de mis tías iba a su casa confiando en que el portero automático sonase con el volumen suficiente para alertarlo y explicarle que unos fans habían venido a verle. Y allí, entre vasos de tubo y el humo inmortal del tabaco de los años 80, Julio ponía sus canciones favoritas, o las que su particular manera de ver la música le hacía entender que eran sus canciones favoritas. A veces la ignorancia de no saber nos hace más felices. Mejores.

El BAR, con otra banda sonora pero mismo nombre, sigue en pie aunque mis tíos lo dejaron hace ya más de 20 de años como todo un referente.

Yo no he vuelto por allí, a veces al mito hay que dejarle ser mito.

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