¿Ser transparente o ser invisible?


Parece que está de moda la transparencia, que debe ser la forma trendy de referirse a decir las cosas como son. Pero, como todas las modas, puede resultar vacía. Ahí está la Diputación, que presume de ser transparente cuando muchos de sus comportamientos resultan más bien opacos. Pero ojo, que por si eso se tratase de una impresión siempre se puede recurrir a los propios indicadores de transparencia de la institución: no cumple la mitad de ellos. Eso sí, figura en clasificaciones que insisten en que es de lo más cristalino, clasificaciones que sirven para lo mismo que las listas de los más elegantes: para nada. O para que echarse unas risas.

Como transparencia, de la normal, de la de hablar alto y claro, me quedo con la de Cáritas, que esta semana presentó el balance de su actividad. Me saltaré el debate de si la Iglesia puede hacer más de lo que hace, por obvio, pero me centro en concreto en esta entidad, en lo que hace a pocos metros de nuestras casas. Y me agarro a dos datos que permiten comprobar con meridiana claridad qué está pasando en Ourense. Sin el trabajo de Cáritas el año pasado cinco mil personas se habrían quedado sin comer (más que todo los habitantes de A Rúa, por ejemplo). Noventa mil comidas sirvieron. Noventa mil. Intenten imaginar una bandeja tras otra hasta noventa mil. Sin el trabajo de Cáritas cerca de dos centenares de personas habrían dormido en la calle. Gente que tenía su casa pero la perdió o estaba en riesgo de perderla. Gente que no tenía ni casa.

En Cáritas no hablan de transparencia porque trabajar para que tus vecinos tengan una vida digna no deja tiempo para las modas. Hablan en realidad de algo que va más allá de ser transparente: ser invisible. Los responsables de la organización en Ourense alertaron de que hay gente que es pobre pero a la que no queremos ver. «A fuerza de decir que se está saliendo de la crisis se les está haciendo invisibles», decía desde una abrumadora sensatez la directora de Cáritas, María Tabarés, que apelaba a la necesidad de un cambio de modelo económico. Aseguraba que en Ourense los ricos son más ricos pero que, en conjunto, todos vivimos peor que antes. Sin duda, los que peor, el 42 % de la población, casi la mitad, que dependen de una prestación. Para ese cambio quizás tengamos que redefinir también el concepto de pobre, que no es solo un ente al que va una donación que hacemos sin pensar o alguien que pide en la calle con un cartel y una gorra para recoger las monedas. La pobreza, cronificada en Ourense, está más presente de lo que creemos. Si no, la entidad no habría atendido en total a veinte mil personas el año pasado. Y las que está atendiendo ahora. Y las que atenderán. Porque en Ourense se heredan muchas cosas pero también la pobreza, según alertan. Y ese es un impuesto de sucesiones que no deberíamos permitirnos pagar. A lo mejor, a la vista de estos datos, hay que preocuparse más de los que son invisibles que de ser transparentes. Porque no se les ve. Pero están ahí.

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