Agresor, víctima y testigos, en el pasillo

p. s. OURENSE / LA VOZ

OURENSE

El vecino que desde su casa alertó a la policía de una agresión machista en la calle lamenta que en los juzgados no se pongan más medios para proteger la privacidad

11 jun 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Se habilitó en el nuevo edificio judicial, cuando llevaba meses de servicio, un espacio para que las víctimas de violencia de género no tuvieran necesidad de coincidir con los agresores. Entre quienes acuden como testigos a juicios es frecuente la queja sobre la incomodidad que supone esperar turno en una zona común o declarar a la vista del acusado, que puede ser una persona violenta, dispuesta a hacer pagar un testimonio que lo incrimine. La queja la transmite un ciudadano, que vivió su particular odisea como testigo de una agresión a una mujer, empujada por un hombre -luego conoció los detalles, en el sentido de que eran pareja- contra la persiana de un taller.

El particular alertó a la policía. Pensando, subraya, en la situación de la víctima, una mujer sin margen para defenderse, según su percepción a distancia. En menos de cinco minutos ya había un par de dotaciones policiales en O Vinteún. El maltratador se resistió y profirió amenazas. Se lo llevaron esposado.

Al día siguiente, llamada desde comisaría de policía, «con todas las facilidades en cuanto a día y hora», resalta el testigo. «Me pareció correcto acabar el proceso que había iniciado, poniendo por escrito lo que había visto, para que lo valorara luego quien fuera a juzgar el incidente».

De la policía al juzgado. Lo convocan por teléfono a las ocho de la tarde para que acuda al día siguiente. Lo citan a una hora a la que tiene obligaciones tan insustituibles como dejar a un niño en el colegio a su hora. «Se lo explico al funcionario que me llama y me advierte de que no puedo faltar. Insisto en detallar que a esa hora no puedo. No me lo ponen fácil y le anticipo que no iré, salvo que me cambien la hora». Y no va. A las once de la mañana, nueva llamada desde el juzgado. «Que me están esperando y que, si no voy, será necesario aplazar la tramitación, me dicen. A esa hora solo tengo que perder más tiempo y más dinero. En media hora estoy allí, después de haber pedido expresamente que no quiero verme de ninguna manera con el detenido, ni declarar delante de él, pues se trata de alguien conocido por su agresividad y peligrosidad. Y agradezco el trato del funcionario que me esperó en la puerta, me dio acceso por estancias donde ni el detenido ni ningún otro familiar pudiera verme». Repitió lo que había dicho a la policía. Y se fue.

 Párking, combustible y tiempo

A los pocos días llegó a casa la citación para el juicio. Con otros cinco testigos. No quiere ver ni al agresor ni a sus familiares, por lo que vuelve al juzgado para pedir biombo. Más párking, más combustible y más tiempo perdido. Le dicen que otro testigo también lo ha solicitado y que se atiende de forma automática.

El día del juicio, previsor, acude antes de la hora. Le indican el número de sala. Se dirige a ella, «sospechando lo que era obvio, porque allí estaba el acusado y su familia». Nadie lo reconoce, por lo que se dirige a un funcionario, enseña la solicitud y espera mientras van llegando los policías que lo detuvieron, parientes, amigos, el abogado... «Un despropósito», lamenta el testigo, que lo es también de las explicaciones del abogado al cliente. Siete minutos después el agresor entra, acepta el trato y se va «con la misma cara de pocos amigos que tenía cuando lo detuvieron».

El ciudadano ya está entonces bastante enfadado, confiesa. Y piensa que de no haberse producido la conformidad seguiría allí y esperaría a declarar, sin biombo ni nada, «después de que hubieran gritando mi nombre para que entre en la sala». En ese punto, «defraudado, me fui». Antes de salir aún le dio tiempo a ver que su nombre estaba en un papel, en el que, efectivamente, ponía «biombo». No fue suficiente. Por eso, cree este ourensano que no estaría de más habilitar vías para generalizar la privacidad.