Aquel martes del K-oba


Tomar siempre la opción equivocada es un don innato que pocos poseemos. Fernando Alonso lo tiene, Isabel Pantoja lo tiene y yo lo tengo.

Sucede a menudo en los pubs y discotecas, que uno está a todo menos a ser atento con las cosas importantes que suceden entre cada cigarrillo, entre cada escapada a la puerta, dejando la copa y la conversación plantadas en la barra. Al final siempre acabas con la copa de otro, con el amigo de otro, con la novia de otro. Con el olor de otro en el abrigo que cogiste equivocado.

El martes que recibí mi primer sueldo fue el mismo en que mis padres decidieron dejarme las llaves de su imprenta en un nuevo -inútil y fallido de antemano- intento de confianza que consistía en abrir la mañana siguiente. Yo ya había decidido utilizar mi primer salario en comprar esa cazadora de cuero que me llamaba a gritos cada mañana al pasar por delante del escaparate de Adolfo Domínguez. Decía mi nombre bajito, casi me perseguía como lo hace la mirada de los candidatos en los carteles de campaña electoral. Una mañana muy temprano escuché como me susurraba «yo también estoy sola» queriendo seducir a mi falta de voluntad.

Era martes y mi nueva cazadora y yo sentimos el falso poder de la vanidad.

Alargamos la tarde hasta la noche, hasta que, sin darnos apenas cuenta, mi pie izquierdo ya había entrado en el K-oba, ese bar donde La ventanita del amor rompió a pisotones todas sus baldosas blancas y la mayoría de las paredes palidecieron entre canciones de Celia Cruz.

Pero era martes y no había nadie más que yo, un señor de melena riza hablando a susurros con su whisky en la máquina recreativa, un camarero y una señora con la minifalda de un largo aceptable.

Mi pie derecho también entró.

Ella jugó con lo inmaduro de mis ganas de impresionar el tiempo justo y necesario para terminar su copa e irse en el único momento en que despedirse no resulta incómodo ni violento. El momento en que uno va a mirar el grado de la borrachera en el espejo del baño para volver después y disimular el fracaso del abandono invitando al camarero a un chupito.

El señor del pelo rizo, que se despidió con un gesto tambaleante y al que ni siquiera miré, resultó ser Raimundo Amador, pero tardé dos copas más en darme cuenta de que se había llevado mi cazadora nueva con mi cartera y las llaves del negocio familiar dentro.

Lo busqué por todos los locales de copas que abren un martes por la noche con el mismo resultado que obtuve con la señora de la minifalda: gatillazo y desamparo.

Amaneció sin aviso justo cuando decidí apostarlo todo al que un día fue el lujoso y ejemplar Hotel San Martín, pero aquella recepcionista -a la que engañé para conseguir su número- negó en varias ocasiones haber inscrito a ningún Amador aquella noche.

Mis padres cambiaron todas las cerraduras de la empresa y decidieron que mi trabajo allí había terminado. A Raimundo lo volví a ver en algunos vídeos, nunca con mi cazadora. Quizás fue otro el que se llevó mi olor del K-oba.

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