Socorro


Recuerdo el día en que nos enteramos de la desaparición de Socorro Pérez y siempre se me viene a la cabeza la misma foto, la que utilizamos los primeros días para apoyar las informaciones sobre su búsqueda. Quizás no era la más reciente pero sí fue la primera que recibimos y la que se me quedó a mí en la memoria: ella, vestida de rojo, con gafas y sonriendo. Desde entonces han pasado dos años y cosas que nadie hubiera deseado que pasaran. Esta semana su familia pedía que su caso no fuera «de segunda o tercera división». Algo se ha debido hacer mal para que quienes querían a Socorro, y ahora la extrañan, tengan esa sensación. No creo que la Policía haya escatimado esfuerzos para resolver este crimen (otra cuestión es que las cosas se podían haber hecho de otra manera al principio) ni que los ourensanos nos hayamos olvidado de ella. Pero si la cuenta la echamos teniendo en cuenta otras cuestiones -por ejemplo las horas que anarosas, sussanasgrisos y compañía dedican a diferentes casos de desapariciones- es lógico comprender el estupor de la familia de Socorro. ¿Es más importante Diana Quer que ella?

Voy más allá: las concentraciones que periódicamente se convocan para recordarla y para reclamar avances en la investigación (no creo que haya descanso para sus padres pero sí sería un bálsamo hacer justicia) no deberían ser una cosa de sus compañeros, de sus amigos y sus familiares. Debería ser una cosa de todos los que vivimos en esta ciudad tranquila que deja de serlo cuando aparece asesinada una vecina nuestra, una mujer de O Couto que iba a comer a casa de sus padres, que iba a pasear por el Miño o por el Seminario, que pensaba ir a un balneario el fin de semana que desapareció o que trabajaba en el recinto de la Laboral -o sea, alguien como nosotros-.

Socorro, con ropa roja, gafas y sonrisa en mi memoria, merece que su caso sea de primera división. Como todas las mujeres que, por el mero hecho de serlo, podíamos haber sido víctimas de lo que la Policía denominado un «crimen casual, de oportunidad». Maldita casualidad, maldita oportunidad. Y maldito quien las aprovechó.

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