Denuncia. O no.


La pregunta fundamental, no tanto del momento como del futuro, la planteaba ayer este periódico en una de sus últimas páginas. ¿Me salvará mi coche autónomo? En un momento en el que, prácticamente al mismo tiempo, desde la administración nos han vuelto a pedir a los ciudadanos que acudamos rápidamente a las fuerzas de seguridad, o a los juzgados, para señalar a quien veamos como sospechoso de haber provocado un incendio forestal, un político contaba a su parroquia que había sido agredido en la calle, pero que, de buen rollo, no iba a denunciarlo. Pobrecito el que le había pegado, vino a decir, que actúa así porque no entiende los valores de la libertad. Y a saber qué más.

¿En qué quedamos? ¿Hemos de dar ese paso que tantas veces nos reclaman para firmar una denuncia ante la sospecha de un delito (ecológico o de cualquier otro tipo), o, por el contrario, miramos hacia otro lado ante una agresión tan flagrante como censurable?

Los vehículos que se conducen solos plantean la duda de si deben sacrificar a sus ocupantes para proteger a terceros. Imagine el lector a un perro que riñera al amo, a uno de esos figuras que sacan a paseo al can, le quitan la correa y se la coloca sobre los hombros, como quien se anuda el jersey mientras pasea al atardecer al borde del mar. Por aquello del fresquito... Otro dilema, podría decir el bonachón teniente en la inolvidable escena del control de carretera en la película Airbag. Hasta aquí hemos llegado con interrogantes a cuestas. ¿Qué es más cívico? ¿Debería haber dado ejemplo el político, acudiendo a la comisaría, en vez de limitarse a contar la agresión a un público afín anticipando que dejaría correr el asunto, qué el es así? ¿Y el coche automático, qué haría?

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