Así, con mayúsculas. De ese modo deberíamos dirigirnos a Iván Feijoo -y por extensión a todos los integrantes del Club Ciclista de Maceda-, porque gestas deportivas hay muchas, pero la continuidad y el carácter se contagian desde muy pronto.
Quizás no resulte necesario -ni tan siquiera conveniente- citar nombres propios al hablar de deporte de base, pero si José Antonio Hermida celebraba sus triunfos internacionales con disparos imaginarios al aire, al mismo tiempo tuvo a bien recordar sus raíces macedanas y respaldar voluntades como las de un tenaz Xulio Conde, siempre rodeado de chavales que aprendían, antes de nada, a amar la bicicleta.
No hace mucho, el hoy profesional Pablo Rodríguez afirmaba en estas mismas páginas que sus sucesores en la escuela de Maceda «se divierten con lo que hacen y además son muy buenos». ¿O será que lo hacen bien porque les gusta hacerlo? Y lo dice un campeón de Europa que algún día será olímpico si la fortuna le permite seguir ascendiendo como lo ha hecho hasta ahora.
El futuro está a la vuelta de la esquina, porque detrás de Pablo vienen otros, como Iván, el vecino alaricano capaz de machadas como las del pasado fin de semana, zampándose a una veintena de rivales en la salida de su primer mundial y escalando hasta la octava plaza porque se sentía fuerte. Y no se detiene la marea, porque también llegan cadetes como Carlos Canal o Antía Martínez. Y niños que disfrutarán al ver de cerca la Vuelta a España este verano. Ya saben que desde Maceda puede llegar a lo más alto o, como poco, a divertirse sobre la bici. Votamos por ellos.