Ha cuidado a varias generaciones de ourensanos durante cuatro décadas
02 ago 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Carlos García es nieto y sobrino de médicos, pero quien le contagió la pasión por la especialidad fue su hermano, también pediatra. «Los niños no solo te generan la ternura lógica y el afán por cuidarles, sino que como pacientes te sorprenden y son muy agradecidos. Un niño puede llegar muy malito pero en cuanto le pones el tratamiento adecuado a las pocas horas ya está corriendo; eso no pasa con pacientes más mayores», apunta.
Comenzó a ejercer en 197, coincidiendo con la apertura del hospital Infanta Elena del CHUO, y aquí se jubilará este año con la esperanza de que se cumpla el anuncio del Gobierno de que se volverá a sustituir al 100 % de los profesionales. «El daño que produce estar menos gente en un servicio no es tanto en lo inmediato, sino a medio y largo plazo, porque nosotros no solo nos dedicamos a la asistencia, también tenemos una faceta docente y necesitamos tiempo para formar a los futuros profesionales; y para investigar y asistir a congresos para estar al día. Todo eso no se puede hacer adecuadamente si no dispones de tiempo».
Para los pediatras que empiezan tiene una recomendación: «Que sean unos ilusos. Y que miren el diccionario porque no me refiero a iluso como alguien a quien se puede engañar, sino como alguien que tiene ilusión». La filosofía le viene de su propia experiencia con el que fue su jefe de servicio e impulsor del hospital infantil. «El doctor Martinón consiguió ilusionarnos e hizo aquí un imperio de la pediatría. Logró que una ciudad pequeña de una provincia a la cola en un montón de marcadores, tuviese un departamento modélico en Galicia y fuera de Galicia. Fuimos pioneros en muchas cosas porque el luchó para que nos formásemos y nos mandó fuera a prepararnos para que aquí hubiera todas las subespecialidades pediátricas. Ourense fue una provincia de tercera con una pediatría de primer nivel», resume.
Carlos García ha vivido muchos cambios durante estas casi cuatro décadas de ejercicio profesional. «Antes hacíamos muchos más ingresos, también porque las malas condiciones de las vías de comunicación complicaban los traslados; y ahora la mayor demanda asistencial son las consultas», relata. No es de los que piensa que los padres se precipitan a la hora de llevar al niño al médico. «A veces vienen con un niño que tiene fiebre desde poco antes y nos cuesta más trabajo, porque es el inicio del proceso, saber cual es la causa; pero antes a veces llegaban demasiado tarde». García Rodríguez vivió épocas negras como la de las meningitis meningocócicas. «Los niños se nos morían, era una epidemia. Fue una época de mucho sufrimiento para todos; además de lógicamente para las familias. Por eso yo prefiero que los traigan al principio, porque nunca se sabe cómo puede evolucionar y cuánto se puede complicar».
Quizá esa vivencia le lleva a ser rotundo en cuanto a la moda anti-vacunas. «Para mí es llamativo que alguien prefiera no prevenir con una vacuna que lo único que puede producir, si me apuras mucho, es una enfermedad muy suave. Siempre es mucho mejor pasar eso que desarrollar la enfermedad con toda su virulencia».
Tiene claro que «lo peor del ejercicio de la profesión médica es dar las malas noticias, y la peor noticia que le puedes dar a una persona es comunicarle una enfermedad grave de su hijo o un resultado fatal. No hay nada comparable con eso», asegura.
Carlos García Rodríguez