Cualquier día de estos nos llevaremos las manos a la cabeza lamentando una tragedia que podría haberse evitado. El lunes estuvimos apunto. A más de uno se les escaparía ese suspiro de miedo y tensión, como cuando el jugador del equipo contrario encara a nuestro portero y le lanza un balonazo imparable que, finalmente, sale lamiendo el larguero. Uyyyy! Libramos. La suerte, tan esquiva y caprichosa, estuvo el lunes del lado de los ourensanos separando en dos horas sendas emergencias en las que fue necesaria la intervención de los bomberos del parque municipal: el virulento incendio en la céntrica calle Curros Enríquez y el accidente en la N-120 que dejó una persona atrapada en un vehículo. Ocho profesionales -todos los que hay- lograron terminar con el primero sin que se propagase y apenas aliviados del esfuerzo, arrancaron de nuevo hacia la segunda emergencia. La exigua plantilla se multiplica si hace falta, pero ¿qué habría sucedido si tuviera que dividirse? ¿Qué pasaría si ambas situaciones coincidieran en el tiempo? ¿Quién sería el responsable si solo cuatro personas tuvieran que enfrentarse al fuego mientras los otros acudían a rescatar al herido? ¿Serían capaces de frenar el incendio o estaríamos hablando de otros daños tanto materiales como humanos? ¿Alguien iba a tomar la decisión de dejar a un herido agonizar dentro de su vehículo sin poder ser atendido? La primera promesa electoral del nuevo alcalde fue mejorar la dotación de los bomberos. No fue su primera decisión, esperemos que sea la segunda.