La primavera que ha llegado. Sí, ha llegado, aunque no lo parezca porque seguimos durmiendo debajo del nórdico de invierno y utilizando el abrigo para salir a la calle. La primavera está aquí, y siempre da vidilla. Y a ella se une una campaña electoral (bueno, precampaña todavía oficialmente, aunque yo diría que llevamos meses con ella instalada ya) que nos traerá más alegría que un amor adolescente. Lo que pidas, princesa... No habrá nada que se acerque a pedir a un político que no reciba un «feito» al más puro estilo Baltar (padre). Todo será posible. ¿Que quieren una guardería? La Xunta lo estudia. ¿Que la carretera lleva años esperando ser rematada? La Diputación se pone a ello ya. ¿Que no hay farolas en el pueblo? Los alcaldables las prometen. Y bonitas, buenas y caras. La envidia de Madrid, princesa... Será por pedir. Y será por prometer. Aunque claro, después serán (ya lo canta Iván Ferreiro) «promesas que se perderán en estas cuatro paredes / como lágrimas en la lluvia se irán». Se perderán el 25 de mayo, cuando toda la vorágine de campaña se haya pasado. Un día después de las elecciones se acabará el amor, se acabará la pasión, se acabarán las promesas. Pasaremos a los hechos. O a los deshechos. Que de todo habrá. Y el amor adolescente (¡qué bonitas las palabras exageradas!) pasará a la desilusión adolescente. Que ya nunca querrás a nadie. Que ya nunca confiarás a nadie. Que ya nunca... Y entonces, cuando menos te lo esperes, y después del verano, empezará de nuevo la campaña. Y las promesas.