El hijo regenta la cafetería Lisboa, que en otro tiempo fue restaurante
22 jul 2012 . Actualizado a las 14:00 h.Marisa Fernández creció entre fogones, los que atendía su madre en el restaurante Lisboa (el nombre es un guiño al origen portugués de su padre) en la calle Conde Fenosa de O Barco. Su vida discurrió entre la cocina y el comedor, donde desde bien pequeña le tocó echar una mano. Por eso ahora, desde la tranquilidad de la jubilación, reconoce que la vocación ya le vino un poco impuesta. Y ella tampoco se opuso, «porque me gusta mucho la cocina», confiesa.
Ya estaba casada y tenía a sus dos hijos cuando se hizo cargo, junto a su marido, del negocio. Ella fue la que amplió la carta, en la que estaba ya la ternera en su jugo o los callos, para incorporar recetas de su propio sello, como el bacalao a la nata o la tarta a la cazuela. Aprendió aplicando la máxima de ensayo-error. «Nunca fui a aprender a ningún sitio, escuchaba una receta y la iba probando hasta que me gustaba como quedaba; y otras veces las cambiaba, como la de la crema helada lagos, que traje de Lisboa, pero allí la hacen con galleta y yo la hacía con almendra. Al principio yo también la hacía con galleta, pero luego fui cambiando y dándosela a probar a los clientes, que fueron los que escogieron que la hiciera de almendra», cuenta a modo de ejemplo.
Así fue ampliando la carta de un restaurante que se convirtió en una referencia en la comarca que muchos todavía recuerdan con nostalgia. Era una época en la que «se comía en el comedor, pero también en el bar, e incluso en el pasillo; a veces en mesas bien pequeñas metías juntas a cinco o seis personas que no se conocían de nada», rememora ella.
Entre las mesas abarrotadas creció Richar, que con el paso de los años también hizo sus propias aportaciones a la carta, como el solomillo a la pimienta o el entrecot a los quesos. Reconoce que no siempre estuvo convencido de seguir en la hostelería, «porque con veinte años ver que tus amigos se van de fin de semana y tú quedarte a trabajar, como que no me convencía mucho...». Frente a los inconvenientes del horario, pesaba el hecho de que «me gustaba la cocina», remacha. Así que se quedó. Echaba una mano a su madre entre fogones hasta que hace cinco años la salud de Marisa mandó parar.
La artrosis hacía de cada día de trabajo un verdadero calvario, así que el comedor se cerró. Richar descartó seguir con esa parte del negocio, quedándose únicamente con la cafetería. Fue una noticia que no gustó a los incondicionales, que todavía preguntan de vez en cuando si algún día se reabrirá. «Nunca se puede decir nunca jamás, pero a día de hoy, te digo que no», señala el hijo. Dice que la experiencia con sus padres le bastó para saber que no quiere eso para su familia. «A nosotros [habla de él y su hermana] solo nos veían los domingos; yo ahora madrugo mucho, porque abro a las seis y media, pero puedo comer en casa con mi mujer y mi hija; y lo mismo pasa de noche, puedo estar en casa para la cena con ellas», señala.