El pintor ourensano mantiene su refugio vital en el casco histórico
05 may 2012 . Actualizado a las 14:25 h.Nació Carlos Vello en la calle Perigo, donde aún tiene su estudio y su refugio vital, un entorno personal, el espacio donde protegerse y donde hallar la distancia necesaria frente a un mundo por momentos hostil y deshumanizado. Se presenta como «un pintor maldito, gracias a Dios». La vida de este hombre de inconfundible figura y discurso variable, aparece cortada a golpes. Las transiciones no han sido para él. Abría y cerraba capítulos sin medias tintas. Pintor cotizado, con la práctica totalidad de su obra en manos particulares, apenas ha tenido relación con la trituradora burocrática, con la maquinaria política que tanto ha funcionado. Ni lo buscó, ni abiertamente le hizo ascos, sencillamente siguió un camino que lo ha llevado por la vida a distinta velocidad, según el momento. Vivió, lo confiesa, a empujones. Con catorce años abandonó Ourense con destino a la Universidad Laboral de Córdoba. Con Ángel Huete, amigo y pintor. «Cuando regresábamos a casa por Navidad en la Estación del Norte vi la televisión por primera vez. Y un gran cartel ?Madrid saluda a Ike? (Eisenhower)». Vaya.
Empezó a pintar en Córdoba, mientras se preparaba para delineante. Regresó y tras unos años de trabajos periféricos, topógrafo, entre otros, en 1970 decidió que solo sería pintor. Como sus amigos Vidal Souto, Alexandro y Xaime Quessada, con quien compartió mil y una historias, en el sentido más amplio. Le fue más fácil poner orden en su vida durante la segunda mitad de los locos setenta, cuando cambió de estado civil, que después del maldito día de 1996 en que su bicicleta de carreras y él sobre ella se rompieron tras estrellarse de frente contra un coche en la carretera de A Granxa. La recuperación física fue larga, pero la anímica lo fue más. «Para un pintor es muy duro verse bloqueado. No poder dibujar. Es tremendo. El camino a la depresión era inevitable». Se quedaba dormido cuando le hacían las resonancias. Pero salió.
No toma ni café. Adora a su hija, diseñadora, que vive en Madrid. Y acude prácticamente todos los días a su casa en Perigo. Añora el barrio, recuerda con cariño nombres que evocan épocas pretéritas: Chichona, Pochola, o Fafá, Salamanca, Suevia, o Paraíso. Sin olvidar las palanganas. Está jubilado, subraya, pero vuelve a pintar. «Haré una exposición, al menos una, con carácter antológico», promete. Voluntad no le falta.