En la soledad de uno mismo, a veces, vamos tropezando con palabras que, en boca de otros, parecen tener un significado ajeno a ti y a tus circunstancias. Pero, una vez que investigas su significado, terminan siendo parte de esas circunstancias que, de tan cercanas, nos hemos olvidado de palparlas y reconocerlas. Ayer, caminando rumbo al trabajo y, imbricada de todas esas ideas, sentimientos, contradicciones, ilusiones, alegrías, pesares? llegó a mis oídos el eco de una frase que se fue posando como el run run de una rondalla, sin llegar a una clara comprensión de su origen. «Este tipo es un ripa merendas», le dijo un hombre viejo, por los años y por la vida, a su interlocutor, más joven pero no menos vivido. Al menos eso pensé cuando llegué a su vera y superé su paso. ¿Qué será un ripa merendas?, me fui preguntando, y contestando bajo los distintos parámetros que me daba mi memoria de la morfología de las palabras. Sin llegar a ninguna conclusión, recurrí a un viejo amigo de mi marido que encontré en la misma calle, a mi marido que es ducho en «inquirir el por qué de las cosas», a los compañeros, para llegar a la conclusión de que, de alguna manera, todos somos «ripa merendas». El ávido de sucesos, el ávido de cotilleos, el ávido de escalar socialmente llevándose por delante a Dios y a su madre, el ávido de pocas o muchas desgracias, y otros tantos «ávidos» que forman parte de la naturaleza que, sin desviarse, distorsiona al hombre y su contenido. En fin, el que avanza un paso y desanda tres.