Ha dicho adiós, estimado Emilio Atrio, a la Universidad (¡qué pena que no siga como emérito para lecciones magistrales!) por la puerta grande. Con señorío, con la mano tendida y demostrando que la justicia más que su profesión es su pasión. No de otro modo se puede interpretar esa frase de gratitud («es de justicia enviarte mi agradecimiento...») que envió a tantas y tantas personas con las que tuvo relación a lo largo de sus ocho años al frente del Consello Económico y Social de la Universidad de Vigo y en las que dejó imborrable recuerdo. Pero no es éste el motivo de la misiva. Quería decirle, después de desearle una rápida recuperación de la dolencia que le tiene inactivo, que leyendo la prensa su figura se me hace presente. Cuanto más leo lo que acontece con las cajas gallegas más visualizo su persona. Al leer los botines (¡y no vea en la palabra más intención que la literal!) que se llevan los que mandaron ante la miopía (¿o es otra cosa?) de los consejos de administración, me pregunto: «¿Pasaría esto con don Emilio?». Y, sinceramente, creo que no. Quizás la historia podría ser otra si se borrase del calendario aquel aciago día en el que un empleado de Caixanova (ciscándose, con perdón, en Ourense) le vetó a usted para sentarse en el consejo de administración de la entidad en representación de la capital. Pero el regidor que le trajo de cabeza al revocar el acuerdo soberano, pensó más en lo suyo (¡en lo de él!) que en lo de los ourensanos. Y dobló. Desde entonces, los representantes de Ourense en el consejo de la caixa no fueron jefes. Fueron dóciles empleados. Ni mandaron ni fiscalizaron. Obedecieron. Ahora, con dolor, vemos una especie de cueva de Alí Babá. Como un día le escuché decir que «la justicia es darle a cada uno lo suyo» estoy seguro que su presencia en ese consejo evitaría la gran injusticia de que unos pocos se lleven lo que es de todos.