Lleva desde el 2003 rodando de albergue en albergue. Los cambios de ciudad no le molestan, porque se ha pasado media vida buscándose los garbanzos por toda la geografía española. «Empecé a trabajar muy jovencito, en la fundición de mi padre, pero desde que fallecieron ellos hice prácticamente de todo, desde ayudante de cocina a transportista o albañil; iba donde encontraba trabajo de lo que fuera y donde más tiempo estuve fue en Barcelona, 32 años», explica este albaceteño de 62 años que este agosto recaló por tercera vez en el albergue ourensano.
«Es limpio, la comida está bien y ahora las instalaciones están todas nuevas y es como de la noche al día lo que ha cambiado; es de los mejores y últimamente me muevo mucho por Galicia, y prácticamente los conozco todos, así que se de lo que hablo», apunta.
Aunque es de natural optimista y hace gala de un sentido del humor envidiable a José Antonio esta vida nómada de ahora, que no va de la mano de una oferta laboral, no le gusta tanto como antes.
«Tienes que convivir con gente que no conoces de nada, a veces se crean conflictos y no es agradable, y luego como no hay manera de encontrar trabajo estás todo el día desocupado. Vivir así es duro, pero hay que adaptarse porque es lo que hay», comenta resignado. Le gustaría poder establecerse, pero la pensión mínima que recibe no le da para plantearse pagar un alquiler. Tampoco tiene familiares de los que echar mano. Sin embargo estos años de refugio en refugio le han permitido entablar incluso amistades, como la que mantiene con Ricardo. Sus rutas se cruzan muchas veces en los albergues gallegos -coincidieron en agosto en Ourense- y sus experiencias vitales son muy similares, así que mientras Jose Antonio desempolva los recuerdos de su dilatada vida laboral cuenta también la de Ricardo. «Este sí que ha sido cosas: ceramista, mecánico, agricultor, estibador en Holanda, vendimiador en Francia» relata presumiendo de amigo.