Por fin! Los jóvenes españoles han saltado a la calle. Han caído en la cuenta de que la sociedad quiere colgarles todos los males. Los jóvenes no tienen trabajo, no tienen salario, los jóvenes no tienen paz interior, los jóvenes no puede hablar, los jóvenes no pueden enamorarse y soñar, los jóvenes se sienten un estorbo, los jóvenes quieren olvidar y no pueden, los jóvenes se sienten engañados, los jóvenes no tienen respuestas a sus interrogantes, los jóvenes no tienen la más mínima oportunidad de dibujar su futuro. Esta sociedad no puede permitirse el lujo de prescindir de la generación mejor preparada. ¿De qué sirven los partidos políticos, anquilosados y sólo a la defensiva de sus propios intereses? ¿De qué sirven los sindicatos, sin una respuesta digna ante la crisis? ¿De qué sirve la Iglesia, si no les permite participar en corresponsabilidad? ¿De qué sirven los bancos, si buscan beneficiarse a costa de los indefensos? ¿De qué sirven los colegios y universidades, estacionamientos invernales, si los jóvenes estudian para nada? Nunca más volveremos a los tiempos pasados del despilfarro. El Papa, Benedicto XVI, pidió que escucháramos a las nuevas generaciones «para crear un orden social nuevo, más justo y, por ello, más pacificador». Gracias a Dios, tenemos jóvenes. ¡No estaban muertos! ¡Que esto no pare! Jóvenes, ¡expulsad de las plazas a los viejos resabiados que merodean, buscando carroña y de quién aprovecharse! Os acusan de ilusos, pero, ¿qué soluciones aportan los otros?