o es fácil opinar de los indignados. Si sugieres en voz alta que deberían levantar el tenderete de la praza Maior -que es más una anécdota que una revolución si se compara con Sol- te arriesgas a que te califiquen de retrógrado. Si lo dices por lo bajini, encuentras a gente asintiendo. Y confirmando que tras el soplo de aire fresco de los primeros días, las concentraciones empiezan a perder oxígeno, no ya en lo que se refiere al entusiasmo de sus promotores pero sí a las razones que los llevan a perpetuarse en espacios que son de ellos, sí, pero también del resto.
Entre las propuestas de las asambleas hay algunas con mucho sentido común. Pero no van a convertirse en realidad a golpe de saco de dormir y pancarta. Así que yo pregunto, me pregunto y les pregunto: ¿para qué os quedáis?
Lo realmente triste, además de lo que ha llevado a estos ciudadanos a las peculiares barricadas del siglo XXI, es que los indignados no tienen prisa en marcharse porque, en muchos casos, no tienen a donde ir. No hay trabajo ni responsabilidad por la que madrugar. Supongo que por eso están indignados. Y quizás por eso los que más me convencen de este movimiento son los jubilados, que se pasaron la vida sin poder indignarse, porque no tenían tiempo. Ahora quieren indignarse, por mí y por todos mis compañeros, por esos jóvenes que no tienen trabajo pero sí derecho al pataleo. El mismo derecho, por cierto, de quienes ya no los quieren en las plazas.
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