El efímero valor de la gratitud

Antón Feito

OURENSE

Fuiste, estimado Baltar, un señor. Un señor al ensalzar, el Día de la Libertad de Prensa, el premio José Aurelio Carracedo con el que la Diputación premia la labor de los periodistas. Ante el silencio de una profesión cada vez más cainita (que sólo glosa el premio cuando lo cobra), mantuviste la bandera del recordado, y llorado, compañero: «En Carracedo había un compromiso con Ourense e unha capacidade de crítica e análise independente». Estarás conmigo en que los premios, sea el Cervantes, el Nobel o el Carracedo, no los hacen grandes la personalidad de los ganadores, con ser mucha, y sí la de las personas que le dan nombre. Te agradezco que recuerdes aquella desbordante personalidad del maestro de periodistas al que hoy ignoran incluso los que presumían de ser sus amigos. Ya sé que así es la vida y que la amistad dura lo que dura el interés. Lo sabes hoy mejor que nadie. Has sentido el aliento de la traición en la nuca. Un tal Vázquez (¡que ahora es ferviente seguidor de otro Vázquez!) dijo que hace cuatro años, cuando era trabajador de la Diputación, le habías enviado a Argentina para conseguir votos. No me llama la atención que hayas hecho una falcatruada pues llevo años criticando tu forma de hacer política muy próxima al caciquismo (que tú dices bueno) del XIX. Lo que me indigna (¡la edad no me dobla las convicciones!) es que haya personas que tras años de servirte con reverencia cuente ahora las baltaralladas que hacíais con el único propósito de hundirte. ¿Qué sociedad es ésta que muerde la mano que le da de comer? ¿Qué ejemplo da a la ciudadanía un emigrante sin suerte que llega con lo puesto a los 60 años y vive hasta la jubilación del dinero público y ahora escupe al que se lo facilitó? ¡Qué efímero es el valor de la gratitud! Pon las barbas a remojar porque si te lo hacen hoy que todavía mandas (¡y mucho!), ¿qué no harán cuando dejes de ser presidente de la Diputación?