l debate público sobre el futuro del urbanismo local me trae la imagen del juego
del pañuelo, seguramente olvidado, pero al que antes los niños dedicábamos buenos ratos. Era perfecto. Solo hacían falta ganas y un pañuelo. Supongo que con la llegada de los clínex se habrá perdido este inocente pasatiempo, en cuya ejecución y desenlace tenía mucho que ver la capacidad física (quien corría más rápido tenía una evidente ventaja), aunque también la estrategia y un punto de pillería.
Quien lo desconozca debe saber que alguien, a modo de árbitro, sujetaba un pañuelo: los dos contendientes llegaban hasta él, a la carrera o no, amagaban un rato a ver quién le echaba la mano y el que lo sujetaba debía regresar corriendo hasta su punto de salida. Si el otro no te tocaba, ganabas. Pero si cruzabas la raya, si entrabas en campo contrario para perseguir a tu contrincante antes de que este hubiese sujetado el pañuelo, también perdías.
Seguro que Paco y Poly, de niños, jugaron al pañuelo. Juntos, incluso. Y ahí siguen, ahora con el urbanismo. No sé hace cuarenta años, pero ahora es Paco el chulito, el más rápido: la condición de alcalde, ya se sabe. Poly, que no manda y a quien vamos a conceder la condición de aspirante, ha de echar mano de otros recursos. Un buen amago, Paco se pasa de frenada y game over. Partida perdida. Estrategia acertada. Entre niños era así. Aquí, sin embargo, hay otras reglas. Y si, por ejemplo, resulta que el pañuelo lo sujeta un amiguito de Poly, que es conselleiro y tiene la última palabra, el panorama cambia. Y mucho.
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