Si usted es de los que va caminando por las calles, e intenta mirar con los ojos de la comprensión, podrá comprobar que muchos de los escaparates de las tiendas que se dedican a la venta de artículos no imprescindibles, pero necesarios, cubren sus cristales de letreros cuyas palabras invitan a la reflexión: «Todo a mitad de precio». Pero, ¿cuál es la mitad del precio?, el abrigo que en su momento de temporada está etiquetado con su valor añadido, dígase IVA, los zapatos donde está implícito el sueldo pecuniario del empleado que recibe la mitad en «negro» , los vaqueros ribeteados por expertas manos chinas, o la suma del porcentaje que resulta del cien o el doscientos por cien que, una vez descontado, pasa a engrosar la cesta de la crisis inventada por el Psoe. Dice José Luis Barreiro en su estupendo artículo del lunes 31 de enero en este periódico que, cuando un ignorante va al cine o al teatro, lo reduce todo al suceso final. Y que de aquella reducción, somos incapaces de captar el lenguaje de las imágenes, y el conjunto de los recursos expresivos que utilizan las artes escénicas y cinematográficas. Extrapolando los escaparates, al teatro y al cine, a los que se refiere el señor Barreiro, y a los analistas y el mundo tertuliano de café o de Medios, a espectadores contemplativos del hundimiento de la pequeña porción del barco español llamada Ourense, habrá que decirles que los pilares de esa mitad que pagamos antes, fueron sustentados por una política social justa, y la mitad que se queda en el camino, por políticas contrarias que buscan sus refugios en las lejanas manos periféricas de la mitad del precio.