No me imagino a ningún padre fardando ante sus hijos de lo mucho que ayuda a los Reyes Magos para que el 6 de enero todo salga según lo previsto. Porque lo bonito de ese día es la magia. Porque lo emocionante es ver cómo un niño señala un paquete en la cabalgata y dice sin asomo de duda: «Ésa es mi bicicleta».
No me imagino a ningún padre -bueno, a casi ninguno, que de todo hay- hablando claro sobre el sistema logístico de Sus Majestades. Ustedes entenderán que me manifieste en estos términos. Por si acaso.
Los padres no quieren quedar bien. Los padres lo que quieren es que en las copas de champán que le dejan a Melchor, Gaspar y Baltasar no quede ni una gota cuando los pequeños se levanten para comprobar que, un año más y de forma inexplicable, unos tíos llegados de Oriente y vestidos como si fueran cortinas han sido capaces de dejar bajo el árbol justoloqueyoquería.
Pero parece que una cosa son nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros primos, nuestros sobrinos, nuestros ahijados... y otra son los niños pobres. Terrorífica y autocomplaciente expresión solo superada, por la indulgente los más desfavorecidos.
Esta última semana hemos sido testigos de cómo diferentes instituciones se saltaban a la torera el pacto de silencio del 6 de enero. Unos convocaban ruedas de prensa para decir cuántos juguetes habían recogido para esos niños pobres. Otros, directamente, elegían el 7 de enero, cuando ya los Reyes estaban de vuelta en casa, para entregar los regalos a «los más desfavorecidos», previa convocatoria. Y previa foto.
Yo, las buenas intenciones las respeto. Faltaría más. Si hace falta hasta me pongo el sombrero para tener que quitármelo.
Pero, señores, un poquito más de clase. Un poquito más de magia. Lo bonito del día de Reyes es que los regalos llegan a casa sin saber cómo ni por qué. Sin que la mano derecha sepa lo que hace la izquierda.