Música de viento para el Barça

Rubén Ventureira A CORUÑA/LA VOZ.

OURENSE

Riazor disfrutó de la primera gran entrada de la temporada. Rozó el lleno. Existe el convencimiento de que en partidos frente al Barça y el Madrid el estadio se llena porque acuden en masa culés y merengues gallegos, y en parte es así, pero nadie lo diría tras la pitada que se llevó el Barça al entrar a calentar, y también al salir. Hay también mucho deportivista acostumbrado al jamón (que diría Irureta) que solo se acerca al municipal en las grandes citas, ahora mucho más espaciadas que antaño.

Los que nunca fallan, ni en el más nimio amistoso, son los muchachos del fondo de Maratón, que tenían preparado un tifo para la ocasión crítico con os dous de sempre: «Non queremos outra Liga escocesa», rezaba, con los escudos de Barça y Madrid tachados. La sinfonía de pitos castigó después el sobeteo habitual del Barça, que sufrió un ambiente hostil, aunque es cierto que sus jugadores no cantaron el gol inicial de Villa en solitario, pues tuvieron eco en las gradas.

El equipo catalán vivió un recibimiento mucho más cordial al llegar a la ciudad. Eso sí, antes tuvo que superar las turbulencias, intensas en la última parte del vuelo y en el aterrizaje por culpa del viento. «Hemos aterrizado muy verticales», apuntaba un periodista que iba a bordo. Al tocar tierra, hubo silbidos, no generalizados, para criticar la maniobra.

Una vez en tierra, los jugadores culés desfilaron por la terminal de Alvedro, al contrario que la pasada temporada, cuando un autobús estacionado en los aledaños de la pista los recogió en esta zona. Algunos afortunados pudieron tocar las manos de los futbolistas y de Guardiola, y Villa hasta se paró para ejecutar algún autógrafo. En el Meliá María Pita les aguardaban después unas 300 personas. Destacaba la presencia de muchas niñas, como una que se levantó a los ocho de la mañana por la emoción. «No lo haría por nadie», le dijo uno de los policías que vigilaban los accesos al hotel. «Es normal a los 15 años», contestó la chica con enorme madurez. Iba a ver a Piqué, del que portaba una foto que lucía a modo de estampita, que salió disparado y al que apenas pudo ver. A toda mecha bajaron todos, entre chillidos femeninos. Solo Alves tuvo el detalle de pararse a rubricar. El niño Eloy Muñiz le extendió una pelota y allí dejó su firma el lateral. El crío se puso a levantar la pelota como quien iza la Copa del Mundo. «Somos de Vilagarcía y lo hemos traído aquí como regalo de Reyes», explicó un familiar.