Resulta difícil luchar contra el efecto alineador que produce en nuestras mentes la globalización informativa (formativa) y, consecuentemente. parece casi misión imposible preservar de ese rodillo que todo lo iguala aquellas tradiciones singulares, y más o menos localizadas en áreas geográficas concretas y sin una pujanza económica que las respalde. Porque no nos engañemos, el navideño Olentzero vasco o el Caganet catalán -figura, por cierto, harto desagradable, vista fríamente- han logrado incluso exportarse a otras latitudes, mientras que O Apalpador gallego necesita de campañas de difusión y apoyo de colectivos varios para ser conocido en su propio territorio, y si me apuran para no ser expulsado a patadas. Y no es broma. Hoy esta figura estará en el jardín de O Posío de la capital y se me ocurrió comentar la noticia con una madre con la que coincidí en el autobús. Primero fue presa de una palidez intensa y luego de un enfado monumental. Razonaba la señora que, en los tiempos que corren, intentar que los niños vean con simpatía a un apalpador que les toca la barriga era correr un riesgo en la prevención de los abusos a menores, justo cuando es más necesario advertirles contra cualquier desconocido que se pueda acercar a ellos con intenciones aviesas. Después de rumiar sus palabras durante algunos minutos, tengo que concederle a la buena mujer su parte de razón, impulsada por la lógica de lo que desgraciadamente es un problema grave y real. Y la pregunta es: ¿debemos anular aquellas tradiciones que forman parte de nuestra cultura porque son incorrectas o irrespetuosas en los esquemas de la sociedad actual? Hoy la gente no hace «sus necesidades» de campo como antaño, y por lo tanto el Caganet no es una figura educativa para los tiempos modernos, como tampoco es Papá Noel el modelo más adecuado para una sociedad que lucha contra la obesidad infantil.