Navidad

José Pérez Domínguez

OURENSE

Cuando llega este tiempo de Navidad recuerdo siempre la cantinela: «siempre me dices lo mismo». Porque se nos repite hasta la saciedad, una y mil veces, que derrochamos mucho dinero en estos días; que gastamos hasta endeudarnos; que hay demasiadas luces en la ciudad, que el árbol ha de ser de ¿un árbol de hierro?) y, para colmo, que nos reunimos, a pesar de que nos odiamos. Con tantos líos, ¿no perderemos al Niño?

El Evangelio nos dice que José y María «volvieron a Jerusalén en su busca» (cfr. Lc. 2, 40-52). ¿Dónde podremos encontrarlo nosotros? Olvidémonos por un instante de este mundo y de todo su frenesí; corramos en la noche del tiempo hasta llegar al Portal de Belén; ambiente frío y húmedo, muy húmedo; un buey y una mula rumian su cebada; restos de paja y heno esparcidos por el suelo; un hombre medio asustado, o asustado del todo, que se llama José y que es de la estirpe de David (¡quién lo diría!); María, nerviosa, una joven y estrenada madre; y un recién nacido, el Niño, el Niño que habíamos perdido. Esta es la Navidad cristiana. Dios, siendo Dios, se despojó de su grandeza, y tomando la condición humana, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y por eso le proclamamos Señor, para gloria de Dios Padre (cfr. Flp. 2, 6-11). Estos son los misterios que recordamos, que celebramos y que vivimos en la Navidad. Amigos, ¡feliz Navidad! ¡Que la ternura de Dios nos facilite el encuentro con su Hijo, recién nacido en el Portal!