Cuando escuchas hablar a un hombre sabio mis sentidos se aquietan, paralizan su recorrido constante de energía. Sencillamente deciden que por las imágenes, las palabras o toda la belleza que es capaz de generar un hombre o mujer, bien merecen la pena morir en el intento. Cuando escuchas a un hombre sabio hablar de otro hombre sabio cada rincón de mis células almacena una imagen, un gesto, una palabra, una sonrisa, una lágrima, una pena. Y sigue el ritmo del canto zíngaro, como le llamó el profesor Xesús Alonso Montero, a la poesía que emana de la voz de don Víctor Campio. El sábado 20 de noviembre, el pueblo de Maside se convirtió en una república de las letras. Festejó en la conjura de la muerte, el día de la vida. La vida que bulle en la poesía de don Víctor Campio, la de la naturaleza que vivió con él o en él, y la de las circunstancias que le rodearon a él. Como Marcel Proust, habló de los paraísos perdidos, los de su infancia, que su alcalde en nombre de su pueblo, tuvo la generosidad de recuperar convirtiéndolo en hijo predilecto. Llevándonos, a todos los presentes, a palpar el tintineo de las gotas de agua de una fuente, el verde ocre de las hojas del carballo en su último lamento otoñal, y el corazón de un hombre útil.