El salón de actos de la residencia de ancianos de Rairo se convirtió ayer en un teatro. Había actores sobre el escenario y en el patio de butacas. Arriba, profesionales: Blanca Marsillach, Carlos Martínez-Merón y Xabier Olza. Abajo, debutantes: residentes del centro, miembros de Aspanas y representantes de asociaciones de personas con discapacidad. Entre bambalinas, un sueño hecho realidad: el de la propia Marsillach, que se ha propuesto conseguir la integración a través de la cultura.
Lo está haciendo con una gira que hace escala en espacios donde no hay camerinos ni críticos teatrales. Lo está haciendo con una versión adaptada de la obra El reino de la tierra de Tennessee Williams. Lo está haciendo con una propuesta para personas con discapacidad psíquica, física o sensorial. Y con el objetivo de demostrar que, contando las cosas de la forma adecuada, el teatro es un espectáculo para todos los públicos.
Sus compañeros empezaron con una explicación de la obra. Luego, la representación. Y más tarde un coloquio tan participativo que acabó con algunos de los asistentes pisando las tablas.
El hijo de una prostituta, su hermano homosexual y una mujer de bandera -que hicieron que las monjas del asilo pusieran cara de póker- protagonizaban una historia que, con permiso de Williams, era de integración.