Hace solo quince días esta misma columna iba dedicada a cinco jóvenes, tres de ellos menores de edad, detenidos por la Guardia Civil por haber incendiado el colegio público de Cea después de robar un coche y haber protagonizado otras gamberradas difíciles de digerir en una sociedad que se cree civilizada y que se gasta un dinero nada despreciable en educación.
Pues bien, hoy toca decir que si de unos niños no cabe esperar semejante conducta, menos aún se puede prever que sean algunos adultos -a quienes se les supone cuando menos algo más de cabeza- los que se echen a la calle de madrugada y aprovechen una jornada de huelga general para sacar al vándalo que llevan dentro.
Quiero pensar que los botes de gas lacrimógeno, el purín lanzado contra los agentes policiales, el mobiliario destrozado en una cafetería o los contenedores ardiendo en las calles no son representativos del papel que hoy en día deben jugar los sindicatos. Lo admitan o no, esos actos no van contra la patronal o el Estado, sino contra los propios trabajadores a los que dicen defender.
Sé que los ciudadanos que el miércoles salieron a la calle para mostrar su rechazo a la reforma laboral y quienes decidieron dejar de acudir a su trabajo, sabiendo que ese día no iban a cobrar, sí representan la lucha de clases y la fuerza de una sociedad que aún es capaz de levantar la cabeza. Más allá de si la huelga fue o no un éxito, yo me quedo con la imagen de todos esos trabajadores anónimos que dieron la cara en las manifestaciones. Todo lo demás -a altercados me refiero- está más cerca del vandalismo que de la lucha sindical y los líderes de las centrales harían bien en apartarse de todo eso de una vez. Mientras los sigamos viendo empujando en un piquete o diciendo que no entienden que se pueda detener a una persona por quemar contenedores poco podremos esperar de ellos.