Que la cosa está muy mal es algo que no tienen que explicarnos. Pero los sindicatos llevan días contando a los ourensanitos de a pie por qué el próximo miércoles deben abrazarse a la pancarta. Menos mal que leo los periódicos porque si tuviera que enterarme así de los motivos de la protesta... iba aviada.
A mí, que no me gusta que me griten, no me entran en la cabeza los argumentos de garganta forzada. Así que cuando me chillan no entiendo nada.
A mí, que le tengo declarada la guerra a los ruidos hechos porque sí, no se me aclaran las cosas cuando me las cuentan a bocinazos. Así que aunque sean vuvuzelas, me saturan.
A mí, que taladro con la mirada a esos maleducados que tiran cualquier cosa al suelo sin rubor, no me apetece nada leer un folleto que está ensuciando la calle (porque alguien lo tiró, junto a varios centenares más, alegremente desde un coche). Así que por mucha razón que tenga el papelito, yo pienso en el que va a tener que recogerlo.
Sí me he enterado, sin embargo, de que algunos panaderos doblarán la jornada el día 27 para poder ir a la huelga sin que deje de haber pan. A mí me pasa algo parecido: si quiero ejercer mi derecho a los brazos caídos, tengo que hacerlo el 28, antes de lo previsto, para que las protestas salgan puntualmente en el periódico el día después de la manifa. Se ve que soy una trabajadora de segunda división, que tengo menos derecho que todos los demás. Para que los sindicalistas luzcan en la foto yo tengo que currar el día que otros se manifiestan. ¿Y qué hago si quiero protestar? ¿Salgo yo solita a la calle 24 horas antes? ¿Dónde compro la bandera? ¿Es un apaño del siglo en el que los sindicatos deberían reinventarse, o es directamente una perversión del derecho a la huelga?
Solo me queda por ver que los representantes de los trabajadores se pidan las horas sindicales el 29-S para que no le recorten, como a sus compañeros, la nómina. Pero no creo. ¿O sí?