Me fui de vacaciones pataleando en esta misma columna por lo mucho que le gusta a los políticos salir en la foto. Hasta el exceso.
Al día siguiente, ya disfrutando del dolce far niente, pensé que a lo mejor no era para tanto. Que mi juicio estaba nublado por los meses acumulados de trabajo, por los nervios pre-vacacionales, por los cuarenta grados de julio... Que cada uno tiene sus aficiones.
Y llegó septiembre. Y de paso que volví al trabajo, volví a la realidad. Relajada y descansada. Con temperatura agradable. Incluso con un poco de lluvia para bajar los humos. Sin el condicionante del estrés. Y descubrí que estaba equivocada. No es que les guste. Es que les pirra. No es que rocen el exceso, es que rozan el ridículo.
Así que ahora estoy pensando cómo voy a sobrevivir -cómo van a sobrevivir los ciudadanos- hasta el próximo verano, hasta el próximo descanso, contemplando las escenificaciones de los que mandan y los que aspiran a hacerlo.
Para muestra, un botón. Hoy Pachi Vázquez aterriza en Laza para visitar el lugar donde tuvo lugar un incendio, extinguido hace más de una semana. Ya lo hizo la ministra Chacón, que se ve que es como santo Tomás y si no lo ve, no lo cree. Afortunadamente, no quedan rescoldos. Al menos nos libraremos del remake de la manguera de Feijoo.
Es solo un ejemplo de lo que nos espera. Me da vértigo el mero hecho de pensar en lo que se nos viene encima con los alcaldes y los alcaldables -todas las siglas, todos los colores- decidiendo «salir a la calle para conocer los problemas de los ciudadanos», «visitar los barrios para tomar nota de sus reivindicaciones» y «ponerse en contacto con los colectivos sociales para saber en qué podemos ayudarles».
Yo, por si acaso, lanzo mi petición con tiempo: no nos torturen demasiado, por favor, y dedíquense a trabajar. Que falta hace. Y mucha.