Cómo duele y qué pena da ver a algunos cargos públicos, elegidos o designados, en su afán por rentabilizar eso que coincidimos en llamar drama o lacra de los incendios forestales, por citar dos opciones. Ver la rapidez con la que cada uno por su lado, ya sea porque si o porque no, intenta sacar tajada, duele. La ostentación de sinsentido que pueden llegar a hacer cuando ven la vida en clave electoral, intentando rentabilizarlo todo, hasta las desgracias ecológicas, sea en el parque do Xurés o en Laza, desanima.
Me da igual la foto del aspirante a presidente, compungido, con una manguerita en la mano y haciendo el chorras, que la de un parlamentario invitando a que lo retraten ante los restos de un incendio para aprovechar y colocar el discurso de lo mal que lo hacen los otros, que son los que tendrían que haber apagado el fuego.
Menos mal, transmitirá hoy la ministra de turno, que nos han llamado a nosotros y como somos más eficaces que nadie, más solidarios y más más que nadie, hemos conseguido controlar la desfeita.
Los veo juntos cuando se trata de hacer concentraciones y mostrar la repulsa colectiva, así dicen, frente a los actos de violencia machista. Se habrán dado cuenta, supongo, que poco margen les quedaba para la disputa y decidieron hacer causa común. Es doloroso ver que mientras arde medio país y mientras hay personas que dejan la vida en la lucha contra el fuego, sigan enredando, colgándose medallas, o culpándose unos a otros, en vez de arrimar el hombro. Quienes solo son capaces de ver a corto plazo, que si ahora las municipales y después las generales o las autonómicas, no saben salir del manido recurso al qué malos son los otros. Se equivocan gravemente. Mientras no acepten la necesidad de compartir la pancarta, esto no tiene arreglo.