Si hablar costase dinero, el mundo estaría rodeado de un enorme silencio; pero como es gratis, el ruido de voces es continuo. No nos callamos ni debajo del agua. Total, las palabras se las lleva el viento. Y mientras, el que habla se entretiene; y a los que escuchan se les pasan las horas.
Supongo que así nacieron los rumores, de los que durante muchos años se dijo que eran la antesala de la noticia; pero que en los últimos tiempos solo son el comienzo de la mentira. Y cada vez más se parecen al cuento de la lechera, que a lo que uno se inventa (que a este no lo descubren ni los del CSI con sus polvitos azules) se van sumando las aportaciones de unos y otros hasta llegar al disparate. Los hay de anécdota, como los que señalan a tal o cual vecino como agraciado del último premio millonario («que sí, que te lo digo yo, que lo vieron comprándose un coche nuevo y el sueldo no le daba para ese coche»); pero los hay crueles, como el que aumenta el número de víctimas de un accidente de tráfico (y hasta te aportan el nombre del fallecido, y con la misma parsimonia que te dictarían la lista de la compra). Y el que te cuenta el rumor te jura y perjura que lo que dice es verdad, porque se lo ha dicho su cuñado que tiene un primo que tiene un vecino que un día conoció a alguien que pasó por allí y lo había visto. Vamos, lo que se llama información fidedigna y de primera mano.
Lo realmente asombroso de todo esto es cuando alguien no solo te cuenta algo, sino que te da todos los detalles. Más de los que podrían saber incluso los propios protagonistas, y claro, siempre con la moraleja final. La que trata de justificar que su apetencia por los chismes se debe a un afán altruista, el de concienciar a la sociedad. Y lo que puede resultar entretenido cuando habla de las razones de la extraña nariz que luce Belén Esteban pasa a ser extremadamente cruel cuando habla de alguien a quien te cruzas en la acera.