Alguien algún día tuvo la feliz idea de apostar por el turismo como uno de los motores del desarrollo de la provincia. La ilusión empujó a espíritus emprendedores y a estudiosos en la materia. Se pensó en que el turismo rural iba a suponer algo así como la Fiebre del Oro en esta esquina del interior. En los años 90 nació el Patronato Provincial de Turismo al que la Diputación dotaba con unas perrillas y al que se sumaron unos cuantos organismos que pronto se cansaron de sostener y se declararon morosos. El minifundismo mental, esa enfermedad tan prendida en nuestra sociedad, llevó a ayuntamientos que no tenían ni para pagar la luz a crear entes de promoción turística que se diluyeron -salvo honrosas excepciones- como azúcar en el café. Paralelamente se reforzó la presencia de Ourense en ferias turísticas de fuste y al lado de la promoción de la playa de Ipanema ponían nuestros conspicuos representantes reproducciones de As Burgas pese a que el espacio hoy en día debiera avergonzar a la mayoría.
De pronto oímos hablar de termalismo, pusimos unas pozas y a vivir. Bueno, hubo un teniente de alcalde que se fue de gira por los Sancta Santórum del sector pero no fue capaz de traer su esencia empresarial. Mientras, zonas como O Carballiño o Verín siguen viendo como sus recursos permanecen ociosos y aquí en la capital salimos de la modorra de vez en cuando con un titular del gabinete de turno que promete lo que nunca viene.
Pero la realidad, terca ella, nos da mensualmente una bofetada estadística. La última dice que Ourense está entre las provincias con menor número de visitantes, que ni siquiera el viajero pasa dos días, que se gasta poco dinero y que la provincia no está para tirar cohetes. Vista así la situación bien nos pudimos quedar en el eslogan de los años sesenta: «Tres cousas hai en Ourense...». Al menos nos hubiéramos ahorrado montar tantos chiringuitos.