Las rebajas suponen el peligro de pulir la tarjeta pero también la moral. Que alguien me explique por qué después de una jornada de compras tengo sobre mi cama (trance fundamental, para devolver a la tienda lo que realmente no nos hace falta y buscar sitio en el armario a las nuevas adquisiciones) prendas de las tallas S, M, L y XL. Ya sabíamos que algo está pasando con los tallajes de la ropa, fundamentalmente la que sacan al mercado las grandes cadenas. Ya sabíamos que alguien se puso hace tiempo a clasificar a las mujeres españolas en diábolos, cilindros y campanas (quien eligió estas denominaciones, sobre todo la última, seguro que no fue una mujer). Pero resulta desconcertante el panorama de vestidos, camisetas y camisas etiquetadas con mayúsculas tan distintas y siendo en realidad de lo más parecido: porque yo era la misma en todos los probadores.
Ni mi ego es tan grande como para que no haya sitio para los dos en la misma tienda ni mi autoestima anda tan baja que no pueda decir de vez en cuando «Porque yo lo valgo». Creo que estoy en un saludable término medio que, al margen de los ataques a pie de calle del Paseo o centro comercial, me permite resistir esta locura de las tallas. Pero sí es cierto que, será la publicidad o tal vez la vanidad, cuando la esquizofrenia textil me obliga a meter una XL en la bolsa me siento como plof y cuando veo que mis tallas habituales me sobran y tengo que recurrir a una S salgo de la tienda pisando más fuerte, como si midiera cinco centímetros más (y, ejem, pesara cinco kilos menos).
Que haya superado la prueba, una temporada más, no quiere decir que el sistema funcione... y que no me dé miedo pensar en las subidas y bajadas emocionales de niñas en plena pubertad, de chicas inseguras y de mujeres con complejos. Tiene que ser una auténtica tortura. Y me queda una duda: ¿están jugando con nosotras?