No se habla de otra cosa. En una tierra tan propensa a hacer del pulpo el rey de la fiesta, hasta ahora gastronómica, solo nos faltaba encontrarnos ahora con un cefalópodo vidente. Capaz el animal de adivinar el resultado de un partido, y con ello casi el devenir de un país entero, o casi, ha faltado tiempo para que unos empresarios vean la jugada y ofrezcan 30.000 euros para poder hacerse con la mascota. Barato me parece, para un animal que tiene nada menos que nueve cerebros y tres corazones con los que, la verdad, debería hacer mucho más que pronosticar encuentros futbolísticos, pero eso ya es otra cosa.
En todo caso, Paul ha sido la gota que ha colmado el vaso del hipnotismo que nos embarga desde que comenzó la fiebre del Mundial. Y gracias a ello ha ido pasando, casi como de puntillas, una semana en la que, por poner algunos ejemplos, todos hemos notado en los bolsillos la subida de los precios, se han echado a la calle los empleados de una empresa aeronáutica que parecía infalible pero a la que también han llegado las siglas ERE, o se ha conocido que los hijos de varios cargos políticos del PP pasarán a ser personal de la Diputación porque aprobaron las pruebas con mejor nota que nadie.
Titulares en otros momentos importantes que, sin embargo, apenas han tenido trascendencia social. Todo porque ahora lo que interesa es olvidar los problemas y dejar a un lado las polémicas para centrarse en algo que, por increíble que parezca, ha unido a la gran mayoría de los ciudadanos. Hasta los que siempre han renegado de la bandera española visten ahora los colores de la enseña nacional con orgullo. Lo crean o no, en los últimos días se han agotado en las tiendas las camisetas con esas tonalidades que antaño eran ignoradas por tantos. En fin, está visto que no hay medicina como el fútbol ni doctor como Paul para volverlo todo de color de rosa. De rojo, más bien.