Lo admito, me siento perezosa. No en el sentido religioso del vicio que provoca desgana. Tampoco en el sentido dantesco en el que los perezosos son esos desventurados que nunca han estado verdaderamente vivos. Más bien, lo contrario. Mi Pereza es el entusiasmo contagiado por Rubén y Leiva, en el concierto que han dado en Ourense. Y yo, que según un amigo soy más del metal (está equivocado), en los primeros acordes ya estaba enganchada y supe que sería un concierto memorable. Inevitablemente, pienso en los otros pecados capitales. La lujuria de chicas gritándole a Leiva cosas que no debo de reproducir aquí, sólo en sitios con dos rombos, incluso, podría llegarse a confundir con gula. La avaricia de querer más y más música, de sentir que dos horas de concierto no llegan. La ira de no escuchar alguna canción casi obligada. La envidia de ver que hay gente que puede ganarse la vida haciendo lo que le gusta y disfrutando de ello. Y la soberbia de quien entendió que Rubén le había guiñado varias veces el ojo. Yo, que en cuestiones musicales voy a donde el oído y el corazón me llevan, me siento especialmente satisfecha de que artistas de la talla de Pereza y, unos días antes, Macaco, que hacía poco habían actuado en el Rock in Río, donde sólo tocan los más grandes, lo hayan hecho aquí.