La aldea

Antonio Nespereira

OURENSE

Conozco una aldea, bella como pocas, pero que se muere, como todas. Su aspecto es de cartón piedra, como los escenarios de las viejas películas de vaqueros: detrás de las fachadas, el desierto. Casas nuevas, presagio de economías boyantes de otro tiempo, pero cerradas de lunes a viernes. Está razonablemente bien comunicada, porque pasa el autobús con cierta asiduidad. Tiene su sucursal de la caja de ahorros y dispensario médico. El ocio está en la partida de tute después de comer. El transporte escolar deja al lado de casa a la media docena de chavales que aún quedan. Hay productos de huerta exquisitos, unas cuantas gallinas que ponen huevos amarillos , y del resto, autoconsumo como complemento a la pensión. Las tierras de labor, feraces donde las haya, están abandonadas. La media de edad supera con creces los sesenta años y a diario solo el ladrido de un perro rompe un silencio dañino. El sentimiento de la propiedad sigue siendo acendrado y un paisano quiere vender 150 metros cuadrados de una finca que no tiene acceso por 36.000 euros. La Asociación de Autónomos de Galicia dice que en Ourense en tres meses 166 agricultores han dejado la actividad. ¿De qué aldea hablamos? Piense un poco, ¿no será la suya?