Preside un colectivo de 300 familias que sobrellevan el peso de una patología de la que se sigue esperando alguna luz
01 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Un rincón puede ser un espacio vital. Ella ha cincelado muchas vivencias en su propio hogar y su entorno, por cierto con unas vistas envidiables. Ángeles Blanco Ledo (Ourense, 1952) tiene el suyo en el Velle de sus amores, ese pueblo a tiro de piedra de la ciudad, que mezcla su carácter rural con las pretensiones de un barrio residencial. La presidenta de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer (Afaor) quiere compartir algo tan íntimo como su propia casa y alrededores «porque es donde más a gusto me encuentro, donde leo o medito». Y eso que no se tiene por una persona muy reflexiva, «sino bastante impulsiva, aunque quizá no debería serlo tanto». La imagen que transmite es de cierta quietud, pero insiste en su personalidad un tanto vehemente, lo que le da por otra parte un plus de sinceridad «porque los impulsivos decimos lo primero que nos viene a la cabeza, por eso no solemos mentir, porque no nos da tiempo para pensar». Ángeles tiró profesionalmente por la rama sociosanitaria. Se licenció en Farmacia en Santiago e hizo la tesis doctoral. Trabaja como funcionaria en Sanidade y confiesa que siempre le ha gustado la salud pública y la promoción de la salud. Mujer y familia A pesar de no llegar a los sesenta años «estoy pensando en jubilarme, creo que como mucha gente». Su opinión no se sustenta en la amargura «porque cada trabajo me dio algo distinto y me gustaron todos», sino en romper con la rutina y pensar en el descanso. Como mujer reconoce que no ha tenido problemas para conciliar la vida familiar y laboral porque está soltera, aunque cree que «se deben establecer métodos más eficaces para que las parejas puedan compatibilizar sus obligaciones personales y profesionales». En su caso la conciliación tuvo que ver con el mantener su vida privada y ayudar a cuidar a su padre, aquejado del mal de Alzheimer. Preside desde hace diez años la asociación que une a los familiares de los pacientes, una especie de clavo ardiendo al que se agarran para paliar el terrible desgaste que provoca al enfermo y a su entorno. Como Ángeles dice, «el alzhéimer ataca al cerebro del enfermo, pero al corazón del cuidador». Diagnóstico Un día de 1993 a su padre le comunican la patología y su alcance. «Él reaccionó bien porque creo que no lo valoró suficientemente, pero yo intuí que era el comienzo del fin», dice. Falleció en el 2002 y todo lo que pasó por el medio fue sufrimiento y agotamiento. El enfermo tuvo los dos o tres primeros años con una aceptable calidad de vida, pero después encamó. «Al principio leía, hacía crucigramas y yo jugaba con él a las cartas, pero le notaba de un mes para otro que el cansancio le iba a más». Perdió el hábito de lectura, se cansaba, estaba inapetente y «retornaba a la niñez» porque necesitaba cuidados a todas horas. Ya no jugaba a las cartas porque, como recuerda Ángeles, «decía constantemente que sabía jugar, pero no le salían las jugadas». Algo se derrumba entonces en el enfermo y se agrieta en el entorno. Confiesa que «hay veces en que te dan ganas de tirar la toalla porque lo que más angustia es no poder hacer más». Ourense, por sus altas tasas de envejecimiento poblacional, es candidata a incrementar la estadística de enfermos. Sueñan en la asociación con la esperanza de que la investigación encuentre un remedio, mientras tanto «se lucha por retrasar los síntomas lo más posible». Compromiso Hay unos 300 socios en Afaor, «pero no sabemos cuántos enfermos hay, sobre todo en algunos puntos de la provincia». Trabajan unos quince voluntarios al lado de la directiva del colectivo y no hay queja de la solidaridad «aunque a veces el voluntariado se desanima porque con otro enfermo puede haber la esperanza de que salga adelante, con uno que tiene alzhéimer saben que no es así». Tampoco censura el comportamiento de las instituciones, porque cree que están colaborando, aunque Ángeles está preocupada por el nivel de atención que se presta en el medio rural porque, como ella insiste, «seguro que hay enfermos que no saben que lo están ni familiares que se hayan dado cuenta». Y es que en esta, como en otras tantas patologías, es importante actuar a tiempo. En la asociación, ese colectivo al que ella llegó «casi por egoísmo para encontrar ayuda para el caso que había en mi familia», trabajan en la elaboración de una especie de mapa de la enfermedad, para acercar los servicios de Afaor. Ella, como todos los que han pasado por un trance similar, se aferra a los recuerdos y a la colaboración aunque no pueda evitar esa desasosegante sensación de que «siempre pudiste hacer algo más y eso te da a veces remordimientos, aunque te hayas entregado a fondo». Con la muerte convivimos. Ella la relativiza «porque hay que ser un poco estoicos». Tiene claro que «a los cementerios voy poco, hay que atender a la persona en vida».