La inesperada cuesta de abril

OURENSE

05 abr 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Lo peor de este regreso de vacaciones es tener que volver a hablar de las cajas, de los indultos urbanísticos y de la vicepresidenta Salgado, de la levedad de Zapatero y de la foto fallida de su pacto anticrisis. Y también del Gürtel, de Matas, de Garzón y de tanta basura que -ya sea por los acusadores o por los acusados- se acumula en los juzgados más ineficientes de Europa. Porque da la impresión de que nuestra atormentada realidad está siendo sustituida por un parloteo interminable en el que incluso los más preparados y enterados están perdiendo su norte, y que, si ya estamos deprimidos por los sueldos que se estancan, los trabajadores que paran, las empresas que cierran, las casas que no se construyen y los productos que no se venden, mucho más hundidos nos dejan las tonterías que se dicen a propósito de estas calamidades, y sin otra intención que ganar los pulsos políticos que se están avecinando.

Claro que la Semana Santa tampoco fue manca, cuando al lado de las procesiones y las películas de rigor, nos metieron la nauseabunda horterada del Jenaro leonés, o nos adoctrinaban a tiempo y a destiempo con los curas pederastas, los fanáticos importados de Filipinas o las turbas disolutas de cualquier pueblo de España, como si todo fuese lo mismo, o como si la noticia inevitable del hecho religioso tuviese que ser compensada con una explicación por frasis y por antífrasis. La sensación de que la sociedad está mucho más sana que sus intérpretes empieza a ser cada vez más grande, y por eso me cuesta mucho salir de lo extraordinario -las lecturas especiales, la fantástica programación de Radio Clásica, la desaceleración del ritmo político y la vuelta a los ritos y olores de la juventud- para sumergirme en una vorágine crispadora y carente de los mínimos de racionalidad que pudiesen ayudarme a digerirla.

En Galicia, concretamente, hemos cerrado el primer trimestre al borde del ataque de nervios, con todos los partidos y comentaristas enrocados en su verdad privada, y cerrando a empujones las puertas que se abren al socaire de los acontecimientos. Y por eso creo que la Semana Santa llegó, como siempre, cuando más falta nos hacía, y cuando los efluvios de la luna llena de primavera amenazaban con hacer estallar las calderas de una tensión artificiosa alimentada por tirios y troyanos. Y por eso sería importante que abriésemos este trimestre decisivo, el que nos llevará hasta la noche de San Juan Bautista, con mucha serenidad, recordando que el próximo fin del mundo no está anunciado hasta el año 2012, y aceptando que la historia -a san Agustín le valdría esta transposición- «aprieta pero no ahoga».

¿Que de qué estoy hablando? De las cajas, naturalmente.