Dos ejes vertebran la celebración del jueves Santo: la Última Cena de Jesús con sus discípulos y el Lavatorio de los pies, signo de disponibilidad plena para el servicio, que nace del amor. La institución de la Eucaristía tiene lugar en la Última Cena. Comer con alguien significa tener con él unas especiales relaciones de amistad y familiaridad. Es Cristo quien invita y somos nosotros los invitados, los que hemos de decirle: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa», como se lo dijo el centurión romano. Y, en este ambiente de amistad cordial, Jesús instituye la Eucaristía: «Tomad y comed; tomad y bebed; este es mi cuerpo, roto por vosotros; esta es mi sangre derramada por todos». Donación plena y perpetua: «Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
En este día recordamos el lavatorio de los pies: «Lo que yo hice con vosotros, hacedlo también los unos con los otros». Tarea humillante que solo a los esclavos podía pedírsele. Es el gran signo de que Cristo vino a servir y no a ser servido. Y nosotros tenemos que hacer lo mismo. Eucaristía y lavatorio de los pies se conjugan con el amor fraterno. Día para pensar y sentir con nuestros hermanos, que sufren en el mundo: en Haití, en Chile, en Colombia, en México, en Afganistán? ¿Dónde estaba Dios? Estaba, está y se hará presente en cada hombre, en cada mujer que se decide a ayudar a los que mas sufren. Los oficios del jueves Santo en la S. I. Catedral son a las 17.30 horas.