Cayó el frío ayer en Ourense al igual que finalmente decayó la sardina a causa del fuego. A las 20.30 horas, puntuales, empezaron a sonar los tambores y en principio lo que debería ser duelo se tornó alegría. Y es que no hay cosa más rítmica que dos pies al compás de los tambores. El rey del entroido -con corona incluida-paseó bajo palio acompañado por viudas y unos pequeños enterradores que no sin dificultadas portaban sobre sus manos velas encendidas en señal de duelo. La sardina plateada y brillante -parecía del día- fue transportada sobre un remolque y detrás de ella las viudas y los viudos, que aunque pocos, los hubo. Unas llorando, otras haciéndose fotos y las más -sobre todo las últimas-, siguiendo el ritmo de la charanga festiva. Al final caminaba el resto de los vecinos y visitantes, pocos ya disfrazados, que fueron recorriendo las calles. Los comercios de la zona iban cerrando sus puertas poco a poco y la comitiva, tras el paseo por el centro de la capital, regresó de nuevo a la plaza Maior. Allí los mecos que colgaron durante el entroido en la casa consistorial esperaban sobre una tarima a la sardina que junto a ellos no fue perdonada y un año más, porque la tradición así lo manda, fue quemada ante los ojos de las viuda. Alegres.