El servicio al ciudadano es para los Valeiras la vertiente más importante del trabajo que realizan a diario los agentes del instituto armado
15 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.En treinta años ejercer la profesión de guardia civil ha cambiado mucho en las formas, pero no en el fondo. El interés por el servicio al ciudadano se ha transmitido a lo largo de dos generaciones en la familia Valeiras. Padre e hijo comparten una profesión que para ambos comenzó como un trabajo y terminó convirtiéndose en una vocación.
«Antes era mucho más romántico y eso que hacíamos turnos interminables», constata Isaac Valeiras, que guarda en su memoria recuerdos imborrables de los años que pasó de servicio en Cataluña, donde nació su hijo. «Cuando yo ingresé en el cuerpo ser guardia civil era una salida, eran tiempos difíciles», explica al tiempo que rememora que las condiciones de trabajo eran ciertamente penosas, tanto que incluso el propio agente debía costearse su ropa de trabajo.
«Recuerdo que yo no tenía traje de vestir en aquella época, pero sí un uniforme que igual me había costado 15.000 pesetas. Había que pagarlo a plazos porque con las pagas que cobrábamos era imposible, y además había que tenerlo siempre en buenas condiciones y disponer de toda la uniformidad», detalla.
Como no, las condiciones de trabajo de entonces nada tenían que ver con las de hoy en día y pese a la dureza del día a día, también se producían situaciones hilarantes. «Teníamos que hacer servicios de vigilancia en las playas de la costa de sol a sol y resultaba simpático vernos a nosotros con el uniforme completo en un día de intenso calor y paseando entre chicas suecas que hacían top-less», rememora Isaac sin poder evitar la risa. Por cierto, que su hijo también ha heredado ese sentido del humor, lo saben bien sus compañeros.
Pese a esos momentos, por entonces ser agente de la Benemérita era complicado, «muchos compañeros abandonaron», asegura Isaac, quien constata que en los años ochenta la localidad de Blanes en la que él trabajaba registraba atracos todos los días: «Al mes podíamos tener entre setenta y ochenta detenidos», recuerda.
No vivió en cuarteles
Sin embargo, si de algo está seguro ahora Isaac es de que nunca animó a su hijo para que siguiera sus pasos. «Él no vivió el ambiente de los cuarteles porque yo nunca quise vivir allí, sino siempre en viviendas fuera de la comandancia y en casa yo nunca hablaba del trabajo», cuenta ahora.
De ahí que su sorpresa fuera mayúscula cuando su único hijo le dijo, poco después de cumplir la mayoría de edad, que quería ser guardia civil. «Me dijo que no entrara en la guardia civil porque era muy sacrificado, pero yo no quería estudiar y me presenté a las oposiciones, un poco a lo loco porque no sabía como era el cuerpo», cuenta el hijo. Y aprobó, convirtiéndose así en el segundo agente de la familia. «Ahora estoy muy contento de haber tomado la decisión», asevera.
Con todo, no volvería al tiempo que pasó en la academia. «Aquello sí que era disciplina militar, pero lo que pasa después, el día a día del trabajo, no tiene nada que ver», explica muy orgulloso de haber escogido la profesión en la que su padre se ha jubilado con honores. Dicen quienes lo conocen, que él le sigue los pasos.