El mundo ha recibido muchos regalos de Argentina. Y sigue siendo así. Aún anda por las carteleras El secreto de sus ojos , una de esas películas que recuerdan lo que es el cine. Todavía retumba en las orejas de los aficionados gallegos la magnífica descarga de emoción eléctrica que dejó Andrés Calamaro días atrás en Santiago. En Argentina habita el talento. Basta con escucharlos platicar: son capaces de apuntalar con elocuencia y elegancia la bomberada más chusca. Argentina disfruta además de dones naturales increíbles; su tierra es pródiga y alberga en su panza petróleo y gas.
Pero Argentina no va. Es un país fallido y hay algo que en cierto modo resume su quiebra: el delirante culto a Maradona.
Maradona fue un futbolista enorme. No el mejor (Di Stefano, Pelé y hasta Cruyff le mueven el pedestal). Pero su carrera es la antítesis de lo que se supone que debe ser una persona admirable. Que uno de sus goles más celebrados lo marcase con la mano ya da pistas del percal: el elogio de la trampa. E hizo algunas más. Por ejemplo, en el Mundial de Estados Unidos fue expulsado por doparse a conciencia. Su vida personal tampoco constituye ningún ejemplo. Una caída triste y sórdida: se esnifó sus dones físicos, lo condenaron a dos años de cárcel por disparar a unos periodistas, el tono borde y la ofensa gratuita son señas de su carácter...
No me gustan Maradona ni el maradonismo. El error que consume a Argentina es creer que la trampa puede ser un buen atajo, cuando en realidad es un desvío que te extravía de la meta. Algo de eso nos pasa también en Galicia: nos gusta ignorar las normas, jugar a la picardía anarquista. Los países que funcionan son aburridamente predecibles y cumplen sus propias leyes. La diferencia que media entre Argentina y Suiza la ejemplifican los modelos de Maradona y Federer. Ojalá que Argentina (y Galicia) se tornen menos astutas y más cumplidoras.