El Alarico nació en 1990 con el nuevo Allariz y con él ha asentado su fama de negocio entrañable sin que ello signifique renunciar a la profesionalidad
30 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.No pueden negar que forman un equipo unido. Aunque jubilada, Concha Domínguez gobierna, con amor y acierto de madre, los destinos de su familia y de su negocio, el hostal y restaurante Alarico.
Fueron pioneros del nuevo Allariz y con su pueblo crecieron como empresarios, pero el núcleo familiar tiene que mirar a otras geografías para ubicar sus comienzos.
Concha dirigió las riendas de su juventud a la localidad vasca de Markina para pasar un mes con un hermano. Los plazos no se cumplieron y la alaricana vivió en Euskadi 32 años; allí conoció a su marido, un marinero de O Pindo, y allí tuvo a sus cuatro hijos: Begoña y José Ignacio, mellizos; Marian y Bruno. En el hotel Miramar, de Deva, se familiarizó con la hostelería y luego se curtió en el bar Ametza, de Mutriku, siempre entre fogones.
El desplazamiento a Allariz para asistir a una boda confirmó la determinación de Concha y su marido de volver a Galicia. En contra de la voluntad de sus hijos, recuerda la madre, «pero obedeceron todos». Bruno lo confirma: «non nos deu opción, pero é certo que ela sempre añorou volver, e papá tamén».
El regreso laboral, en el 82, comenzó en el restaurante Bellavista, al que despertaron de un importante letargo. Luego recibieron la propuesta de asumir el traspaso del Limia, otro restaurante de carretera que les dio popularidad y prosperidad durante ocho años. En 1990, con Allariz iniciando un prometedor cambio, la familia Bermúdez Domínguez -Epifanio murió poco después- hizo la gran apuesta. Se colgaron económicamente y compraron un bajo y pisos en el casco urbano para crear un hostal y un restaurante.
Un cliente, el artista Xurxo Oro, les propuso el nombre de Rei Alarico. Concha le sacó el tinte monárquico y todos ratificaron la elección. Nacía el Alarico . El inicio, dicen, fue durísimo: con el agua más allá del cuello -entrando en la boca, ríe Concha-, el padre enfermo y una apuesta arriesgada, ubicándose en las afueras.
«Fumos pioneiros -relata Ignacio-, daquela só daba comidas a Arqueta e en habitacións fumos os primeiros». «Atinamos -matiza la madre- porque daquela isto eran as aforas e hoxe estamos no centro, así que foi un acerto a elección que fixemos daquela».
El camino en estos casi veinte años se ha hecho con calma pero con firmeza. Y, a veces, superando temores. Cada vez, refleja Marian, «hay más negocios en Allariz y al principio nos daba miedo tanta competencia, pero te das cuenta de que, cuantos más negocios se hicieron, mejor nos va».
Los chicos del Alarico son una piña -«discutimos, por supuesto, pero luego nos sentamos a comer todos juntos y ya está», relata Marian- y apuestan por la profesionalidad. Su lema es renovarse para mejorar -han afrontado dos grandes cambios de decoración y muchos pequeños- y cuidar al cliente: «Lo más importante de este negocio, lo más positivo, es los grandes amigos que hacemos entre los clientes y el reconocimiento del público, que nos sigan ofreciendo su fidelidad durante tantos años», afirma Marian.
Ella y Bruno atienden el comedor; Bego les echa una mano y se encarga de la barra con su mellizo, Ignacio. La madre se encargó siempre de la cocina; ahora, jubilada, sigue ejerciendo de alma mater con su presencia continua. Además, les apoyan tres personas ajenas a la familia. «Somos oito familias as que vivimos do Alarico», recalca Bruno.
Todos los Bermúdez Domínguez han tenido ocasión de cambiar de trabajo, pero están cómodos en su núcleo. En la tercera generación, el pequeño Hugo ya acude a la cocina «a hacer masitas».
«Nós fumos medrando con Allariz, fixémonos hosteleiros aquí», admite Ignacio. Y Allariz se lo reconoce con un gesto que acaban de descubrir casualmente: «Fumos ao notario e enterámonos que lle van cambiar o nome á rúa onde temos o restaurante para poñerlle Alarico. É o recoñecemento máis bonito que nos fixeron», se enorgullece Ignacio.