Lleva María del Mar Sáez Jorge catorces años dedicada a la elaboración y venta de garrapiñadas. En esta época, con el entroido, nota menos alegría a la hora de comprar.
-La temporada, la verdad, no está siendo nada buena. Suponemos que son cosas de la crisis, que se nota hasta en la venta de garrapiñadas.
-¿Cómo empezó a trabajar en esta actividad?
-Por vinculación familiar. Mi marido lleva en esto toda la vida y así es como empecé yo. Él, a su vez, comenzó también por tradición familiar. Esta actividad se asienta, en casi todos los casos, en raíces de tipo familiar, que se transmiten de padres a hijos.
-¿Dónde está el éxito de una buena garrapiñada?
-Mucha mano y mucho azúcar. Es cuestión de haberle pillado el punto justo y no salirse mucho de él. Tampoco tiene mucha más ciencia.
-Aparte de elegir un buen fruto como elemento básico, ¿no?
-Nosotros trabajamos con almendras y cacahuetes, que son las garrapiñadas clásicas, pero también con pipas, que son menos conocidas pero también tienen su gracia.
-¿Tienen demanda las pipas?
-Menos que los cacahuetes o las almendras, pero quien las prueba repite. Son algo diferente. El precio de la bolsita de pipas garrapiñadas es de dos euros, igual que los cacahuetes.
-¿Y las almendras?
-Son un poco más caras. En este caso suben cincuenta céntimos.