Los de su generación le otorgan valores de gran deportista, aunque su vida estuvo ligada a la fotografía profesional
31 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Cuando pasas por la pila bautismal te ponen, o te imponen, un nombre y tomas los apellidos de tus progenitores. Si te inscriben en el Registro Civil como Antonio tienes muchas posibilidades de acabar siendo Toño hasta el fin de tus días. Si, como el es caso, te cae a continuación un Lorenzo Doallo, olvídate, serás únicamente Perla . O sea, Antonio Lorenzo Doallo en el DNI, Toño Perla en la vida civil. No le importa. Toma él y toda su familia el apodo del histórico bar La Perla de A Ponte, propiedad de los padres de nuestro personaje, «un café muy familiar, con una clientela fija, con un sentido de amistad grande y del que recuerdo por ejemplo a la gente echando la partida a las cartas».
Todo ello sucedía por la década de los 40 del pasado siglo, época en la que el barrio no era únicamente un apéndice de la capital sino una entidad con personalidad propia, incluso grabada a fuego con la categoría de Concello de Canedo que únicamente la nostalgia reivindica. Pero eso es historia y Antonio cree que «no se puede mirar atrás y hay que unirse a los grandes».
Jugó en la calle, el polideportivo de muchas generaciones, o en la «viña del pueblo», que así llamaban a la zona que luego acabó siendo parque. Estudió en Salesianos y ya apuntó maneras de virtuosismo en el deporte a muy temprana edad.
En la Grecia clásica eran considerados casi una divinidad aquellos hombres capaces de acreditar sus condiciones en varias disciplinas deportivas. Toño Perla sería entonces un hombre venerado. Si estuviese en activo en estos primeros años del siglo XXI sería un divo al que perseguirían las cámaras. Pero él fue deportista en los años 60 del pasado siglo. Fue uno de los grandes, pero no había focos que dirigiesen su haz de luz hacia él.
Cree de todos modos que eso es una exageración, pero le dio al baloncesto, al fútbol, al hockey, al tenis y ahora con 71 años, al golf. ¿Era torpe en algo? «Bueno, no me gustaba mucho la bici y la natación». Menos mal.
Unidad
Sobre todo fue un personaje vinculado al baloncesto, aunque llegó a jugar al fútbol con Miguel Ángel, el portero ourensano del Real Madrid. En el básquet lució la camiseta del Layton, Educación y Descanso o CD Ourense (que tuvo división de baloncesto en su momento), entidad que que le dio la medalla de oro. Fue máximo encestador de primera división en 1960.
El deporte tiene para él, además de un componente físico y competitivo, un valor mental y socializador «porque no hay nada que dé tantos amigos como el deporte ya que te une a los demás para conseguir una meta». Ese espíritu de camaradería le llevó a cultivar grandes amigos «y muy pocas decepciones».
La consecución de objetivos entraña esfuerzos y privaciones. «Yo era muy disciplinado para entrenar porque me gustaba mucho y en mis tiempos teníamos que buscarnos la vida». Por ejemplo conseguir un lugar donde entrenar, incluso cargar con el material: «colgábamos nosotros mismos los tableros de encestar y cuando acabábamos de entrenar cargábamos con ellos para guardarlos en casa, por miedo a que nos los robasen».
Tal era su pasión que «algún día recuerdo jugar a la tarde a baloncesto, ir por la noche a la verbena del Posío, a la mañana siguiente jugar a balonmano y por la tarde otra vez a baloncesto». Sobrevivió. No se ha podido demostrar que tuviese que ingresar en el hospital.
Profesión
Y qué fue Toño Perla profesionalmente, porque del deporte no vivió aunque haciendo la mili en Ceuta le pagaban «una fortuna», 25 pesetas como jugador. Fue fotógrafo profesional, de estudio y también de actos sociales, bodas, bautizos, comuniones y demás. Tomó la cámara por primera vez en sus manos «porque le dejé dinero a un compañero de mili y como no pudo devolvérmelo me dijo que me quedase con su cámara».
Y ahí empezó todo. Su primer trabajo fue una ordenación sacerdotal e hizo «cientos de bodas» de las que nunca se aburría pese a coincidir siempre los fines de semana y tenerlos por lo tanto casi todos ellos hipotecados. Guarda muchas anécdotas, aunque a bote pronto no suelta muchas. Recuerda, eso sí, que «fui a una a retratar a los novios, el banquete y toda la fiesta y resulta que ya ni siquiera vinieron a recoger el reportaje a la tienda porque ya en la luna de miel se tiraron los trastos a la cabeza y regresaron divorciados». Vaya.
O aquella otra ocasión, cuando comenzó la moda de cortarle la corbata al novio: «Era en el hotel Sila, cuando a los postres le iban a cortar la corbata comenzó una discusión terrible entre la familia del novio y la de la novia y casi llegan a las manos y aquello acabó mal». Tampoco ha quedado un testimonio gráfico de aquel rifirrafe.
Pero él ha colgado ya la cámara y es hoy un jubilado feliz que juega al golf y sobre todo cuida a sus nietos. Tiene cinco en Madrid y uno aquí en Ourense: «se disfruta más de abuelo que de padre», reconoce. Tiene cinco hijos y proviene de una familia de seis hermanos. A él no le asustan las proles numerosas. Hoy son una excepción. Antes, sin ser una norma, eran muy habituales. Eran tiempos.