Charo González y su hija Paula Campos crearon el hotel rústico San Jaime en un edificio familiar, la Casa Grande de A Morteira, ubicado en Tibiás
07 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.A Rosario González Eireos, que se encuentra extraña cuando tiene que pronunciar su nombre de pila y reacciona rápida como un resorte «mi nombre es Rosario, pero soy Charo», no hay que presentarla. Esta semana cumplirá sus 57 años y lleva vinculada a la hostelería «dende o ano 85, dende o 8 de decembro de 1985. Lémbrome sempre do día porque facíamos todos os anos o xantar dunha avoa miña, e ao ser unha data tan sinalada sempre te recordas», primero en el Fumeiro, después en el restaurante La Bodeguilla y, en los últimos tiempos, en el Club de Golf de Montealegre. Su hija Paula decidió seguir los pasos de su madre, y a pesar de su juventud atesora tres lustros de profesión y oficio, en su mayor parte trabajando en las instalaciones de Montealegre.
Un viejo sueño
Madre e hija decidieron un día que en la vida lo más importante es tratar de materializar los sueños, y se lanzaron a crear una pequeña joya enclavada en un entorno natural: el hotel rural San Jaime. Charo reconoce que «esto siempre fue mi ilusión» y decidieron restaurar la casa familiar para crear el hotel «y como mi hija siempre estuvo trabajando conmigo, pues decidimos montarlo para las dos».
La Casa Grande A Morteira, que así se denomina el edificio donde está enclavado este hotel rústico de Tibiás (en el primer desvío a la izquiera en la carretera de Pereiro), es un pequeño paraíso para disfrutar de la tranquilidad y el descanso que cuenta con cinco habitaciones decoradas con todo lujo de detalles, con un edificio restaurado con mimo y esmero que invita a descansar en cualquiera de sus rincones -donde se combinan antiguos muebles con modernos y cómodos sofas y entrañables radios de época con cuadros de conocidos artistas gallegos- y una exquisita rehabilitación que ha convertido el viejo inmueble en un hotel moderno con todas las comodidades. Varias terrazas y tres comedores complementan la oferta.
Paula asegura que «esta profesión era lo que más me atraía. No se puede decir que sea por tradición familiar, ya que tengo otras dos hermanas que no se dedicaron a esto, pero siempre me gustó» y que su deseo confesable era «llevar un pequeño hotel como éste». La madre rememora que «estudiaba y ya ayudaba en el negocio, lavando vasos pasó mucho tiempo en La Bodeguilla. Y en el club de golf trabajó durante 10 años». Paula no tiene reparo en reconocer que trabajar con su madre es un placer «no es complicado estar con ella. Pensamos lo mismo y nos compaginamos a la perfección porque sabe perfectamente lo que quiere y lo que pienso yo». La madre completa la reflexión: «Lo que quería era esto desde siempre, me equivocaré como todo el mundo pero lo que quiero lo tengo siempre clarísimo».
La clientela fiel manda
Charo y Paula tienen perfectamente repartidas las responsabilidades: la madre manda en el territorio de la cocina y su hija en la sala. Abrieron su hotel rústico hace poco más de un año y aunque su intención era volcarse más en el hotel y menos en la restauración -sólo por encargo (988 259 731)-, a Charo le ganaron la partida sus clientes de toda la vida, que no quisieron perderse su maestría con los fogones: «No paraban de llamar y casi nos forzaron a abrir antes de tiempo para atender su demanda. Los clientes y amigos de siempre son los que nos llaman constantemente para organizar comidas y cenas».