Los cabos sueltos de la integración

OURENSE

Las personas con parálisis cerebral se quejan de que la Ley de Dependencia y otras normativas existentes no favorecen su inserción real en el mercado laboral

13 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Dicen que la Administración solo ve en ellos la discapacidad, no la capacidad, y que la Ley de Dependencia no busca la integración, ya que sus baremos solo contemplan lo que las personas no pueden hacer.

Tienen una voz crítica y hablan con conocimiento de causa, escarmentados por las promesas que caen en el saco roto de los políticos en campaña y de las miradas de resquemor de una sociedad que se harta de usar una palabra, integración, que en ocasiones le viene demasiado grande.

La historia de Manolo Novoa, 42 años, y José Manuel Prado, 33, empieza con una parálisis cerebral que afecta a su movilidad y a su capacidad de comunicarse. Manolo, diplomado en Empresariales, tardó once años en conseguir su actual y único empleo a través de Cogami, la confederación gallega de personas con discapacidad. Los mismos que José Manuel, con amplios conocimientos de informática, Internet y diseño gráfico, lleva buscando en vano.

La ley que cojea

La principal barrera que encuentran las personas con parálisis cerebral a la hora de buscar un empleo, incluso cuando se trata de puestos reservados para personas con discapacidad, es la de la comunicación.

A Manolo y a José Manuel les cuesta hacerse entender y necesitan un intérprete para cualquier actividad que implique comunicarse. La Ley de Dependencia no incluye esta dificultad en sus baremos. Si lo hiciera, Manolo y José Manuel dispondrían de un intérprete que los acompañaría a las entrevistas previas a cualquier contrato y que los ayudaría a comunicarse en el trabajo, sin suponer esta segunda persona un coste para la empresa o para ellos mismos.

La Ley de Dependencia solo contempla la figura del asistente personal, que ayuda en tareas cotidianas como hacer la compra, pero no en el trabajo: «La ley no contempla esta ayuda, es algo que le falta y que debiera contemplar», opina Manolo. Y Antonio Crespo, su intérprete, apunta como causa de esta falta de medios que «a nivel laboral suponen que tenemos pocas posibilidades».

Minoría inconformista

Antonio, también aquejado por una parálisis cerebral que en su caso no afecta al habla, es especialmente crítico.

Sobre las eternas promesas de las autoridades, considera que «un político vive de mentir. Las promesas son una forma de pillar votos, pero no creo que tengan intención de hacer muchas de esas cosas». Sobre esas promesas, a veces incongruentes, también opina Manolo: «Prometían bajar impuestos a varios colectivos, entre ellos el de discapacitados, pero eso a nosotros no nos importa, porque ya no los pagamos, no tenemos renta para tanto».

Antonio reconoce que en las dos últimas décadas las cosas mejoraron, aunque asegura que queda mucho por hacer. «Somos minoría y como tal pagamos las consecuencias. No sé si debemos conformarnos. Pero yo creo que no».

El mercado laboral

José Manuel se formó en Madrid como diseñador gráfico, editó por sí mismo un libro infantil de colorear dibujos y se dedica a la compra y venta a través de Internet. Tiene carné de conducir y un coche propio que le permitiría trabajar como repartidor, una de las opciones laborales que baraja. La otra es el trabajo de oficina, con un ordenador de por medio, o encargarse de gestiones a través de la red.

Pese a su capacidad y a su formación, las entrevistas de trabajo no resultan: «Tuve algunas, pero no fueron bien. Me llamaron para un trabajo perfecto, de meter datos en el ordenador, pero al final nada. Son trabajos reservados para gente con discapacidad, pero se le dan a los menos afectados».

José Manuel también tiene dificultades para hablar, «sobre todo cuando me pongo nervioso. Cuando veo que alguien no intenta entenderme, es peor, y al final no me entiendo ni yo».

Manolo y José Manuel son la voz de personas que, como ellos, no se resignan a esperar a que llegue una ayuda, sino que desean tener una vida activa para la que intelectualmente están totalmente capacitados.

Cuesta entenderlos cuando hablan, caminan despacio y acarrean una serie de dificultades que convierten su día a día en un ejemplo de superación, pero, sobre todo, de dignidad. Piden políticas realmente integradoras, que garanticen un puesto de trabajo digno. Y piden también que los políticos, y más aún, la sociedad que aún los mira de reojo, entiendan que no es cosa de caridad, sino de justicia.